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	<title>Bienvenido a mi casa</title>
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	<description>&#34;Pase y deje algo de la felicidad que trae consigo&#34; (Dracula, Bram Stoker)</description>
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		<title>Adelanto gratuito de &#8220;Un buen tipo&#8221;, de Marc R. Soto</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Apr 2012 09:28:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros gratis]]></category>
		<category><![CDATA[Libros gratis en epub (iPad, Sony Reader, etc)]]></category>
		<category><![CDATA[Libros gratis para Kindle]]></category>

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		<description><![CDATA[SINOPSIS DE &#8220;UN BUEN TIPO&#8221; &#8220;A pesar de las apariencias soy un buen tipo. Te conviene recordarlo. Tu amigo lo olvidó y ahora está muerto&#8221; Enrique había dejado atrás su vida de robos de poca monta, pero comenzar de cero nunca es fácil. Por eso cuando su antiguo compinche le propuso un último golpe, accedió. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>SINOPSIS DE &#8220;UN BUEN TIPO&#8221;</strong><br />
<em></em></p>
<p><em>&#8220;A pesar de las apariencias soy un buen tipo. Te conviene recordarlo. Tu amigo lo olvidó y ahora está muerto&#8221;</em></p>
<div>Enrique había dejado atrás su vida de robos de poca monta, pero comenzar de cero nunca es fácil. Por eso cuando su antiguo compinche le propuso un último golpe, accedió.</div>
<div></div>
<div>Lo que no imaginó era que todo se torcería, que su amigo y él acabarían prisioneros en el sótano de la casa que pretendían robar, víctimas de un macabro experimento que escondía más de un terrible secreto.</div>
<div></div>
<div>A continuación puedes leer <em>online</em> un adelanto de más de la mitad de esta historia, a caballo entre el relato y la novela breve, disponible tanto en formato Kindle como en ePub y FB2.</div>
<div><span id="more-334"></span></div>
<table border="0">
<tbody>
<tr>
<td style="text-align: center;"><a href="http://www.amazon.es/gp/product/B006T9YOEY/ref=as_li_ss_tl?ie=UTF8&amp;tag=consytruc09-21&amp;linkCode=as2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;creativeASIN=B006T9YOEY" target="_blank">Ver &#8220;Un buen tipo&#8221; en Amazon</a></td>
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</tr>
</tbody>
</table>
<h2 style="text-align: left;" align="center"></h2>
<h2 align="center">
<a href="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/04/un-buen-tipo-marc-r-soto-libro-para-kindle.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-335" title="Un buen tipo - Libro para Kindle" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/04/un-buen-tipo-marc-r-soto-libro-para-kindle.jpg" alt="Un buen tipo - Libro para Kindle" width="280" height="280" /></a>UN BUEN TIPO</h2>
<p>&nbsp;</p>
<h3 style="text-align: center;">Marc R. Soto</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;">(Adelanto gratuito)</p>
<p align="center"><strong>Primera parte</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong> </strong><strong>En la niebla (1)</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Había niebla. Mucha niebla. Blanca, densa y pegajosa niebla. Y, surgiendo de la niebla, las voces:</p>
<p><em>—Eh, la mierda de cabra abunda. Y la mierda de la cabra es&#8230;</em></p>
<p>—<em>¡El caviar más sabroso del mundo!</em></p>
<p>Risas distorsionadas, subacuáticas. Risas a través de la niebla.</p>
<p>Vagamente, Enrique reconocía que una de aquellas risas era la suya.</p>
<p>A veces, la niebla se disipaba un tanto y entonces él alcanzaba a distinguir formas borrosas, movimientos a través del velo blanco. En una de aquellas ocasiones se había visto volando. El suelo se deslizaba hacia atrás metro y medio por debajo de él. Una puerta blanca se abrió milagrosamente cuando se detuvo ante ella. Al otro lado, un tramo de escaleras descendía hacia la oscuridad. Trató de decir algo, pero de su garganta sólo escapó un gruñido sin fuerza. Un brazo apareció de la nada y le apretó un pañuelo contra la nariz. Entonces la niebla volvió.</p>
<p><em>—¿Papi?</em></p>
<p>Y con ella las voces.</p>
<p>A Enrique no le importaban las voces, ni las risas, porque la niebla era buena. Blanca y buena. Se interponía entre él y el mundo. Ponía distancia, y eso le gustaba. Sentía que podía ser feliz ahí, flotando en aquella nada, sin gritos, sin hambre, sin dolor.</p>
<p>Por eso, cuando la niebla comenzó a disiparse de nuevo, trató de aferrarse a ella con todas sus fuerzas, aunque sin ningún resultado. Se sintió pesado de nuevo, grávido, y comprendió que estaba sentado.</p>
<p>—No te engañes —dijo a su derecha una voz que no conocía. Las palabras sonaron arrastradas y confusas como si la niebla siguiera allí. De pronto escuchó algo más, el zumbido de un taladro eléctrico.</p>
<p>—A pesar de las apariencias soy un buen tipo —dijo la voz.</p>
<p>El zumbido aumentó de volumen y luego se volvió apagado, chapoteante. Alguien profirió un grito. El zumbido se convirtió en un chirrido; el grito, en un alarido. Un penetrante olor a virutas de hierro y carne quemada impregnó el aire.</p>
<p>—Calla —murmuró la voz a su derecha—. Cállate y estate quieto.</p>
<p>De pronto, el chirrido volvió a convertirse en un zumbido que no tardó en extinguirse por completo, al igual que los gritos.</p>
<p>Silencio.</p>
<p>Enrique entreabrió los ojos. La luz de un flexo le golpeó en el rostro. Algo se movió a su lado. Alcanzó a ver un fragmento de tela azul con salpicaduras rojas y grises.</p>
<p>—¿Ar&#8230; Arturo? —balbuceó.</p>
<p>La forma a su derecha se giró al oírle. Un instante después Enrique notó cómo algo blando y húmedo le tapaba la nariz y la boca.</p>
<p>El telón de niebla volvió a caer y esta vez fue como un puñetazo. Cuando su cabeza cayó hacia delante, la realidad se alejó a la velocidad de la luz. Lo que taponaba su nariz y su boca se retiró, pero a Enrique le dio igual. Su nariz y su boca estaban en otro universo.</p>
<p>—Otra broca a la mierda&#8230; —Sonó otra vez la voz arrastrada del desconocido.</p>
<p>Enrique apenas sí reparó en ella. La niebla le envolvía de nuevo. Bendita niebla. Nada importaba en la niebla.</p>
<p><em>—Eh, no te quejes, la mierda de cabra abunda. Y la mierda de cabra es&#8230;</em></p>
<p>Voces.</p>
<p><em>—¿Papi? ¿Estás ahí, papi?</em></p>
<p>Voces en la niebla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Una proposición que no podrás rechazar</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Arturo se había presentado en su casa hacía una semana, a pesar de que en la última conversación que habían mantenido cuatro meses atrás en la sala de visitas de la Prisión Provincial Enrique le había dicho que no quería volver a saber nada de él.</p>
<p>—Qué coño haces aquí —dijo Enrique, apoyado en la jamba de la puerta pretendiendo aparentar más dignidad de la que sentía. El timbre le había sorprendido durante la siesta y sólo había podido ponerse una bata antes de abrir.</p>
<p>Frente a él, Arturo se presentaba tan impecable como siempre: chaquetón tres cuartos, pantalón con la raya perfectamente planchada, camisa y zapatos brillantes. A primera vista parecía un agente de seguros o un vendedor de enciclopedias a domicilio, pero no era necesario fijarse demasiado para descubrir que el chaquetón lucía varios remiendos, que el cuello de la camisa estaba sucio y que la suela de uno de los zapatos tenía la desagradable costumbre de despegarse y colgar como la lengua de un perro al caminar. Arturo esbozó una sonrisa de dientes desiguales cuando comprendió que Enrique no se iba a hacer a un lado.</p>
<p>—Joder, Quique, que soy yo.</p>
<p>Enrique se mantuvo inmóvil bajo el dintel de la puerta del contenedor habilitado como vivienda en el que María y él vivían desde que salió de prisión. Frente a él se extendía una zona de hierba agonizante y restos oxidados de motores y lavadoras en el que destacaba el Ford Orion que Arturo había robado aquella semana y que había dejado aparcado en un lateral del camino de tierra seca. Más allá, la valla metálica de tres metros de altura seguía el recorrido de la autovía de circunvalación; y, al otro lado, la ciudad. Aunque los primeros bloques de pisos no distaban más de cien metros a tiro de piedra, María tenía que dar un rodeo de varios kilómetros para llegar al supermercado en el que trabajaba. Tan cerca. Tan lejos.</p>
<p>—Oye, da igual. Mira —dijo Arturo, llevándose una mano al bolsillo del abrigo y sacando de su interior una botella—, yo invito. ¿Qué me dices, eh?</p>
<p>Guiñó un ojo. Enrique, a su pesar, se inclinó para leer la etiqueta de la botella: &#8220;Dyc&#8221;. Soltó una risa entre dientes. Ése era Arturo: el hombre en que las malas ideas y el mal güisqui siempre iban de la mano.</p>
<p>—Si me vas a decir que no te gusta, ya te puedes ir a tomar por culo, que me la bebo con otro —dijo Arturo con su mejor sonrisa de vendedor de seguros en horas bajas—. La mierda de cabra como tú abunda, y la mierda de cabra es&#8230;</p>
<p>—&#8230; el caviar más sabroso del mundo —terminó Enrique por él, y ambos se echaron a reír igual que en los viejos tiempos.</p>
<p>Enrique echó un vistazo a su reloj de pulsera. María no volvería hasta pasadas las nueve de la noche y no eran aún las cuatro y diez.</p>
<p>—Pasa, anda —dijo, haciéndose a un lado, consciente de que estaba a punto de meterse en un lío, pero incapaz de hacer nada para evitarlo. A fin de cuentas, así había sido su vida hasta entonces, un dejarse llevar por la corriente. Sin la corriente no era nadie. Los últimos años, la corriente había sido Arturo, pero antes lo había sido Julián, y antes de Julián (Enrique aún se estremecía al recordarla: sus ojos de gata, su melena rubia, su absoluto desprecio por todo lo que no fuera ella misma pero —madre de Dios— qué manera de follar), Samantha.</p>
<p>Samantha&#8230;</p>
<p>Ni siquiera sabía si aquél era su auténtico nombre. Se habían conocido en un bar de carretera y durante dos años habían vagado juntos por el país, cambiando de nombre con la misma frecuencia con que cambiaban de ciudad, dejando tras de sí una estela de robos de poca monta y habitaciones de hotel destrozadas. Habían sido buenos tiempos, al menos hasta que Samantha comenzó a considerar cada vez más seriamente que la evolución lógica de aquellos atracos sin importancia era el lucrativo negocio de los secuestros exprés, bebés si era posible.</p>
<p>Dejarla y desaparecer había sido difícil, pero olvidarla había sido más difícil aún.</p>
<p>&#8220;A la mierda&#8221;, dijo para sus adentros Enrique mientras Arturo pasaba al interior del contenedor y soltaba un silbido cargado de sarcasmo. &#8220;Uno es lo que es, no hay vuelta de hoja&#8221;.</p>
<p>Cerró la puerta, acompañó a Arturo hasta la butaca buena y después sacó un par de vasos del armario y cubitos de hielo del congelador.</p>
<p>—Tú dirás —dijo tras darle los vasos a Arturo para que los llenara y sentarse a continuación en la butaca mala.</p>
<p>—Ah&#8230; —Arturo alzó la botella ante sí y enarcó las cejas, tan teatral como siempre—. Lo primero es lo primero.</p>
<p>Rompió el sello y llenó ambos vasos hasta la mitad. Le alcanzó a Enrique uno de ellos mientras levantaba el otro a la altura de los ojos.</p>
<p>—<em>Chin chin&#8230;</em></p>
<p>—Déjate de gilipolleces —dijo Enrique—. ¿Cuándo hemos brindado nosotros?</p>
<p>—A lo mejor dentro de poco, y con champán.</p>
<p>Enrique interrumpió el trago que estaba dando, alzó una ceja y dejó el vaso en la mesita ante él.</p>
<p>—Ah, no. No quiero saber nada de&#8230;</p>
<p>—¿Ni siquiera vas a escucharme? Es la casa del encargado de mantenimiento del museo, la que está pegada a la parte de atrás. El tío se acaba de casar, así que estará de luna de miel. La casa vacía, el museo cerrado todo el puto fin de semana, nadie en los alrededores. Es lo más sencillo del mundo.</p>
<p>—Tu último plan sencillo me tuvo año y medio en la trena. Si María te ve cuando llegue me da puerta, así que&#8230;</p>
<p>—Ya, ya&#8230; Dime, ¿qué tal se vive aquí?</p>
<p>Enrique se encogió de hombros.</p>
<p>—El alquiler es barato.</p>
<p>—Sí, joder, no digo que sea caro, es un puto contenedor de mercancías, ya me imagino que será barato. Lo que te he preguntado es qué tal se vive aquí.</p>
<p>Enrique miró a un lado y otro: algunos cuadros rescatados de la basura; la cortina roja que separaba el salón-cocina del minúsculo dormitorio; el sofá rajado, con el relleno amarillo asomando en algunos puntos como las tripas de un animal prehistórico. Una cucaracha correteaba por la pared. Detrás de la nevera había toda una colonia de ellas. A veces, al despertar, se las encontraba junto a su cara, en la almohada. A veces, en la ropa interior. Iban al calor. Las muy hijas de puta iban al calor.</p>
<p>—No se vive mal.</p>
<p>Arturo soltó una risotada.</p>
<p>—Deberías verte el careto. A mí no tienes que engañarme, hombre, que no soy tu madre. ¿Qué pensarías si te dijera que sé de buena tinta que ese idiota tiene varios millones escondidos en casa? De euros, ¿eh? Ojo, que hablo de euros, no de pesetas. Con tu parte tendrías para comprarte un chalecito en la playa y todavía te quedaría para un cochazo.</p>
<p>—Pues que le aproveche.</p>
<p>—¿Sí? Te digo que el tío es medio retrasado, si no nos lo llevamos nosotros se lo llevará otro&#8230; u otra. ¿Me has oído cuando te he dicho que se acaba de casar? Un pibón de la hostia. Tal y como yo lo veo, sólo hay una razón por la que una morena de bandera se case de buenas a primeras con un pringado justo después de que ese pringado clave un pleno al quince en una quiniela con trece variantes —dijo cogiendo un paquete de tabaco del bolsillo interior del abrigo y sacando dos cigarrillos de él. Le ofreció uno a Enrique, pero éste negó con la cabeza.</p>
<p>—Ya no fumo, así que no fumes tú tampoco. Si María huele a tabaco cuando llegue&#8230;</p>
<p>—¡Que no fumas! —exclamó Arturo volviendo a guardar los pitillos—. Chico, estás desconocido.</p>
<p>—¿No has leído lo que pone en las cajetillas? &#8220;Fumar produce impotencia y reduce la calidad del esperma&#8221;. María y yo queremos tener un crío.</p>
<p>—¡Hostia puta! Me dejas de piedra. La María, menuda hija de&#8230; —rió entre dientes—. Te tiene bien pillado, ¿eh?</p>
<p>—Se le ha metido en la cabeza, ¿qué coño quieres que haga?</p>
<p>Arturo echó un vistazo a su paquete de tabaco, todavía sonriendo. En la cajetilla se podía leer: &#8220;Fumar acorta la vida&#8221;. Le enseñó la inscripción a Enrique.</p>
<p>—Yo tengo más suerte. Nada de impotencia para mí, sólo una vida más corta, pero con la polla más tiesa de todo el extrarradio. Menos da una piedra. Ahora, que tú&#8230; un crío, madre mía&#8230; Y, dime, ¿ya has pensado cómo vais a pagar los pañales, los potitos? ¿Y la guardería? ¿O vas a cuidar tú de él? Porque no te veo limpiando caquitas. Por mucho que sea tu hijo, su culo no va a oler a Ajax Pino.</p>
<p>—Vale ya.</p>
<p>—Y luego el colegio, los libros, las vacunas, la ropa. Cuando el crío os pida unas Nike o una PlayStation, ¿qué le vais a decir?</p>
<p>—Te he dicho que vale ya.</p>
<p>Arturo alzó las manos a ambos lados de la cara en gesto conciliador. Sus ojos chispeaban. Apuró de un sorbo lo que quedaba en el vaso y masticó el último cubito de hielo.</p>
<p>—Lo que tú digas —dijo mientras se levantaba—. Sólo piénsatelo, ¿eh? Yo me abro. Estaré a las siete en El Rey de Espadas. Si vienes, de puta madre; si no, me busco a otro. Como te decía, la mierda de cabra abunda.</p>
<p>Enrique le acompañó hasta la puerta y se quedó un rato en el umbral viendo cómo su antiguo amigo ponía en marcha el Orión, daba media vuelta y, al cabo de unos segundos, desaparecía de su vista envuelto en una nube de polvo. Enrique dio un paso atrás, cerró la puerta, recogió los vasos, limpió uno de ellos y dejó el otro en el fregadero para que María lo viera al llegar. Después se giró y, apoyado en la encimera de la cocina, contempló el zulo en el que vivían María y él y que tarde o temprano deberían compartir con un bebé. Eran las cinco de la tarde. Lo siguió mirando hasta las cinco y cuarto.</p>
<p>A las siete menos diez, cruzaba la puerta de El Rey de Espadas.</p>
<p><strong>Un buen tipo</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pero eso fue entonces.</p>
<p>Ahora, una semana después, la niebla comenzaba a disiparse. Las voces fueron amortiguándose hasta desaparecer, y con ellas la paz que las acompañaba. La sensación era tan parecida a emerger lentamente desde las profundidades que por un segundo Enrique tuvo miedo de morir ahogado.</p>
<p>Gradualmente, tomó conciencia de su cuerpo, su peso. Seguía sentado. Un hormigueo comenzó a apoderarse de sus brazos y sus piernas. El hormigueo no tardó en ganar intensidad hasta convertirse en calor y, más tarde, en un dolor sordo. Enrique trató de moverse, pero no pudo. Comprendió que tenía los tobillos y las muñecas fuertemente atados a una silla.</p>
<p>No necesitaba abrir los ojos para saber que el plan de Arturo había demostrado tener más de un agujero, y eso que en El Rey de Espadas había afirmado tener información de primera mano, de la propia esposa del vigilante nada menos, con quien había acordado repartirse el botín después del palo.</p>
<p>—Toda una hembra —había asegurado Arturo mientras movía en círculos el vaso para que el hielo enfriara el güisqui que Enrique se había encargado de pagar esta vez—. El tal Lucio no sabe la víbora que ha metido en su cama.</p>
<p>Todo, absolutamente todo había salido mal. Aún confuso y mareado, Enrique recordó la casa a oscuras y silenciosa cuando llegaron, tal y como Arturo le había asegurado que estaría, la llave escondida en un macetero junto a la entrada, la puerta que abrieron sin esfuerzo, el pasillo que recorrieron sin otra luz que la de las minúsculas linternas que llevaron consigo. Y de pronto, el pañuelo en la cara, la linterna que caía y rodaba sobre la alfombra del pasillo iluminando inútilmente un par de pies enormes calzados en sendas botas de trabajo, el mundo que se deshilachaba ante su mirada y se hundía en un mar de niebla.</p>
<p>Con los ojos aún cerrados, Enrique sintió deseos de llorar. María habría llegado ya a casa, sin duda, y estaría preocupada por él. A medida que las horas pasaban y él seguía sin aparecer comenzaría a temerse lo peor: que había vuelto a las andadas, que los dos años que habían pasado juntos había sido tiempo perdido, que esta vez, tal y como ella había predicho, se le había acabado la suerte.</p>
<p>Y, en realidad, ¿podía afirmar que no estaba en lo cierto?</p>
<p>Enrique trató de borrar de su mente todo rastro de María y sus reproches mientras abría los ojos y se enfrentaba de nuevo al mundo. Cuando lo hizo, vio al hombre del buzo azul sentado a un par de metros de distancia, multiplicado dos, tres veces. Parpadeó hasta que su visión se aclaró. El hombre (Enrique supo enseguida que se trataba de Lucio) se interponía entre él y el flexo, pero la luz reflejada bastaba para distinguir sus facciones. Enrique calculó que rondaría los cuarenta o los cuarenta y cinco años, desde luego no llegaba a los cincuenta. Alto, fofo pero fuerte. Estaba sentado en un taburete de tres patas, con una servilleta de cuadros azules y blancos extendida sobre las rodillas. La mano zurda descansaba sobre la servilleta; en la diestra sujetaba un sándwich de ensaladilla rusa al que, a juzgar por su aspecto, apenas había dado un par de mordiscos.</p>
<p>Tras él, una lámpara de tulipa verde como las que se utilizan para iluminar las mesas billar arrancaba destellos plateados de las herramientas desperdigadas en un banco de trabajo. Las paredes sin ventanas del sótano quedaban ocultas en las sombras.</p>
<p>Si Lucio se había percatado de que Enrique había despertado, no hizo nada para demostrarlo; se limitó a alzar la mano diestra para llevarse el sándwich a la boca, dio un mordisco y luego apoyó de nuevo la mano en la servilleta mientras movía mecánicamente la mandíbula, como un niño al que le han dicho que hay que masticar veinte veces cada bocado antes de hacerlo pasar.</p>
<p>Cuando tragó, la nuez bailó arriba y abajo. Con el índice de la mano libre, recogió una, dos, tres migas de la servilleta, introdujo en la boca el dedo hasta la altura de la primera falange y después, con un chasquido como de botella de champán que se descorcha, lo sacó, reluciente.</p>
<p>—No te engañes —dijo, con la mirada perdida—. A pesar de las apariencias, no soy un mal tipo.</p>
<p>Enrique intentó liberarse, pero sólo consiguió que las sogas con las que estaba atado se clavaran con fuerza en los antebrazos.</p>
<p>—Nailon —dijo Lucio, dando otro mordisco a su sándwich—. Si sigues tirando te harán rebanadas los brazos como si fueran queso fresco.</p>
<p>Rió guturalmente con la boca llena.</p>
<p>Enrique gritó con todas sus fuerzas mientras intentaba liberarse de las ataduras. La silla dio un par de saltitos, pero apenas se movió del sitio. El hombre del buzo azul se limitó seguir comiendo su sándwich. Cuando lo terminó (se chupó, uno tras otro, los cinco dedos de la mano que había sostenido el bocadillo), a Enrique ya se le habían terminado las ganas de gritar y aguardaba con la barbilla hincada en el pecho.</p>
<p>—De verdad —dijo Lucio mientras doblaba la servilleta y la dejaba sobre el banco de trabajo, junto a las herramientas—. No soy un mal tipo. Te conviene recordarlo. Tu amigo lo olvidó y ahora está muerto.</p>
<p>Enrique alzó la cabeza y la giró hacia su derecha.</p>
<p>El cuerpo de Arturo descansaba en una silla idéntica a la suya, con los brazos y los tobillos atados con hilo de nailon a los travesaños del respaldo y las patas de madera. Estaba muerto, era obvio que estaba muerto: la cabeza que colgaba hacia atrás; la piel del cuello, lívida y tirante; el montículo inmóvil de la nuez. Un hilo de sangre le recorría la cara, desde la boca abierta en una mueca de terror hasta la frente, pasando por el ojo que aún seguía abierto, aunque opaco y sin vida. En la frente, la piel quemada y desgarrada dejaba a la vista parte del hueso frontal, del que sobresalían tres centímetros de broca de acero.</p>
<p>Enrique volvió a gritar pidiendo ayuda.</p>
<p>—Gritar no servirá de nada —murmuró Lucio—. El museo está cerrado y aunque no fuera así, el sótano está muy bien&#8230; ¿cómo se dice? Eh&#8230; ah&#8230; hum&#8230; <em>Aislado</em>.</p>
<p>“Soy un buen tipo”. Enrique recordó haber escuchado aquellas palabras como en un sueño, durante un breve despertar poco antes de oír los gritos de Arturo, que no tardaron en extinguirse bajo el zumbido eléctrico de un taladro. Desesperado, apartó la mirada del cadáver de su antiguo compañero e hincó la barbilla en el pecho.</p>
<p>—¿Qué le has hecho? —Sollozó.</p>
<p>—¿Yo? Nada. Ha sido él, que no se estaba quieto. Si hubiera sido un gatito bueno&#8230; —negó con la cabeza, súbitamente entristecido, y chasqueó la lengua—. Pero se movió y rompió la última broca para madera que me quedaba. ¿Qué te parece a ti <em>eso</em>?</p>
<p>Lucio se levantó y eclipsó la luz. Enrique calculó que mediría más de un metro noventa. Su espalda parecía no tener fin. Enrique recordaba haber visto en su infancia furgones de reparto más pequeños que Lucio, pero sólo unos pocos.</p>
<p>—No sé si una broca de vidia servirá igual. Habrá que arriesgarse.</p>
<p>Enrique tiró de los brazos una vez más, pero sólo logró que las cuerdas se clavaran en la carne. Algo caliente resbaló por sus dedos. Sangre. Dejó de hacer presión. Lucio había estado en lo cierto. Si seguía tirando sólo conseguiría que el nailon le hiciera rebanadas. Como queso fresco, recordó con un escalofrío. Como si fuera queso fresco.</p>
<p>Lucio le dio la espalda y caminó hasta el banco de trabajo. Una vez allí, revolvió entre varios tarros de cristal llenos de clavos, tacos de plástico, tornillos&#8230; hasta dar con la broca. La alzó ante sí y la contempló a la luz como contemplaría un practicante su jeringuilla para, después, ajustarla en el taladro, pulsar el gatillo dos veces y asentir con satisfacción al verla girar. Enrique se estremeció.</p>
<p>—No me&#8230; —la voz murió en sus labios. Se obligó a tragar saliva antes de continuar—. No me mates. No íbamos a haceros nada. ¡Pensábamos que estabais de luna de miel, por el amor de Dios!</p>
<p>Lucio giró la cabeza y le miró. La sorpresa brillaba en sus grandes ojos redondos.</p>
<p>—¿Matarte? No, no, no quiero matarte. Qué tontería. ¿Para qué iba a querer matarte yo? Eso sólo trae… eh… ah… <em>complicaciones. </em>Eso es, complicaciones.</p>
<p>—¿Entonces qué&#8230;?</p>
<p>—No es por mí, sino por mi esposa. Está tan atareada&#8230; Tiene tantos quehaceres… La colada, la limpieza, cuidarnos a mí y a la niña&#8230; Necesita alguien que la… hum… <em>ayude</em>, ¿entiendes? Y algo más, claro —añadió con un destello de picardía en sus ojos saltones—, pero eso no te lo puedo contar todavía, ¿verdad? No, claro que no.</p>
<p>Volvió a pulsar el gatillo del taladro. La broca bailó a la luz de la tulipa verde. Lucio la contempló con aire dubitativo.</p>
<p>—No sé si servirá, pero qué remedio queda —murmuró.</p>
<p>Enrique hincó de nuevo la barbilla en el pecho y sollozó.</p>
<p>—Estás loco, joder, loco de remate&#8230;</p>
<p>Lucio se detuvo ante él con el taladro alzado, sin decir nada, como si sopesara con mucho cuidado las palabras de su prisionero. Al cabo de unos segundos, sus labios se curvaron en una sonrisa cándida y sincera.</p>
<p>—Sí —respondió dulcemente, acercándose a él todavía con aquella sonrisa pintada en su boca y sus ojos azul cobalto—. La verdad es que sí. Soy un loco, tienes razón. Un loco enamorado.</p>
<p>Enrique no se movió cuando sintió la mano de Lucio en su hombro. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.</p>
<p>—Un loco enamorado… —suspiró Lucio, cogiéndole del pelo y obligándole a alzar la cabeza.</p>
<p>Con los ojos desmesuradamente abiertos, Enrique pudo ver el taladro en la mano diestra de Lucio, todavía a casi medio metro de su rostro, un Black&amp;Decker verde con salpicaduras de sangre en la carcasa de plástico.</p>
<p>—Y ahora, quieto.</p>
<p>Lucio alzó la mano en la que sostenía el taladro. El motor eléctrico zumbaba. La broca giraba, enloquecida. Enrique gritó y trató de apartar la cabeza pero Lucio tiró aún con mayor fuerza del pelo y el grito de Enrique se convirtió en un aullido de dolor. Sintió en sus labios el remolino de aire que producía la broca al girar. Tensó los brazos y el nailon, esta vez sí, sajó la carne. La sangre discurrió por sus muñecas hasta las manos, y de allí goteó hasta el suelo. Sonó un crujido de madera a su espalda, y por un instante Enrique concibió esperanzas de que el respaldo se resquebrajara, pero el crujido no se repitió. Los brazos seguían atados. Lucio acercó el taladro a su rostro. Enrique podía ver ahora la broca a la perfección. Apuntaba directamente hacia su ojo derecho. El extremo era un círculo diminuto y borroso. El nudillo del dedo que apretaba el gatillo del taladro estaba blanco por la presión; el cable que salía del extremo del mango, tenso como una cuerda de guitarra.</p>
<p>El taladro ascendió hasta desaparecer de su campo de visión y entonces, de pronto, el zumbido se extinguió.</p>
<p>Enrique escuchó varios chasquidos sobre él y comprendió que se trataba del gatillo al ser pulsado una y otra vez sin ningún resultado. La mano que aprisionaba su cabello se relajó y Lucio se retiró unos centímetros.</p>
<p>La cabeza de Enrique saltó hacia delante. El corazón galopaba en su pecho como un caballo desbocado. En el último momento había perdido el control de la vejiga y ahora sentía cómo el pantalón vaquero se le pegaba, húmedo y caliente, al interior de los muslos. Sus brazos ardían de dolor. Miró a su derecha, hacia Arturo, que yacía inmóvil en su silla con la broca sobresaliendo de su frente como el asta truncada de un unicornio, y vio el cable del taladro que yacía fláccido sobre su regazo. Siguió su recorrido con la mirada hasta encontrar el enchufe vacío en la pared. La clavija descansaba en el hormigón a algunos centímetros de distancia.</p>
<p>—Claro —murmuró Lucio con voz monocorde—, qué tonto soy, tú estás más lejos.</p>
<p>Una voz infantil sonó a su espalda, tras la puerta del sótano:</p>
<p>—¿Papi? ¿Estás ahí abajo, papi?</p>
<p>Lucio se giró sosteniendo el taladro en la mano y Enrique, contemplando todavía la broca enterrada en la frente de su amigo, comprendió que todavía le quedaba una oportunidad de sobrevivir, quizá la última oportunidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Entra Ángela</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Su mente hervía. Si conseguía moverse a un lado y otro con suficiente fuerza, quizá la silla basculara. Si basculaba quizá lograra hacerla caer sobre la silla de Alejandro. Si tras el golpe ambas caían hacia el lado correcto, quizá pudiera hacerse con la broca enterrada en la frente de su amigo. Y, finalmente, si se hiciera con la broca, quizá fuera capaz de cortar con ella los hilos de nailon de sus muñecas.</p>
<p>Si… Si… Si…</p>
<p>Quizá… Quizá… Quizá…</p>
<p>Una cadena demasiado larga y demasiado improbable de condicionales, pero que representaba su única posibilidad de salir con vida de aquel sótano. En cualquier caso, no disponía de demasiado tiempo para ponerla en práctica. Lucio, tras dejar el taladro sobre el banco de trabajo, estaba caminando hacia la puerta. Enrique no sabía qué ocurriría cuando la abriera, cuánto tardaría en despachar al chiquillo o la chiquilla (&#8220;una niña&#8221;, recordó, &#8220;dijo que la madre tenía que cuidar de la niña&#8221;) que le llamaba desde el otro lado, de cuánto tiempo dispondría antes de que cerrara la puerta y decidiera acercar su silla hasta el enchufe, de modo que se movió tan rápidamente como pudo.</p>
<p>Mordiéndose los labios para mitigar el dolor en los antebrazos, hizo bascular su torso a un lado y otro hasta que las patas de la silla comenzaron a despegarse del suelo, (“ahí va el primer quizá”, pensó), primero las del lado izquierdo, después las del derecho.</p>
<p>Al fondo, Lucio abrió la puerta.</p>
<p>—Hola, cielo —dijo.</p>
<p>—Ah, así que estabas aquí abajo —sonó la voz de la chiquilla—. ¿Y ése quién es?</p>
<p>Enrique tuvo que detenerse y tratar de parecer desesperado al ver que Lucio se giraba y le contemplaba desde la puerta. No necesitó esforzarse demasiado.</p>
<p>—Un amigo —contestó Lucio.</p>
<p>—¿Estáis jugando?</p>
<p>Sin esperar respuesta, la niña esquivó a Lucio y corrió hacia el centro del sótano con un gatazo persa entre los brazos. Se detuvo junto al banco de trabajo y contempló a Enrique desde allí. Tendría unos siete años y era guapa como un ángel, con los ojos de un azul limpio y brillante y un delicioso hoyuelo en la barbilla. De la goma que sujetaba su cabello rubio y liso en una coleta habían escapado un par de mechones que le caían a cada lado de la cara, acariciándole las mejillas. A Enrique le pareció ver algo familiar en sus rasgos, pero estaba claro que no era hija de Lucio. Los ojos de la niña se fijaron en él.</p>
<p>—¿Cómo te llamas? —preguntó Enrique, tratando de esbozar algo parecido a una sonrisa. Una oportunidad inesperada se había presentado ante él (más “síes” y “quizás”, podría decirse), y estaba dispuesto a aprovecharla, o al menos intentarlo.</p>
<p>—Ángela.</p>
<p>—Hola, Ángela. Yo me llamo Enrique.</p>
<p>—Hola —contestó alegremente la niña.</p>
<p>El gato movió la cola de un lado a otro. Por lo demás, permaneció inmóvil.</p>
<p>—¿Quieres jugar con nosotros?</p>
<p>Ángela le miró, dubitativa. Lucio, tras ella, cruzó los brazos y frunció el ceño.</p>
<p>—Es un juego&#8230; —Enrique trató de sonreír, pero de nuevo la sonrisa se deshizo en los labios. Sus siguientes palabras sonaron temblorosas—. Es un juego muy chulo, pero para seguir hace falta que alguien llame por teléfono. ¿Quieres hacerlo tú?</p>
<p>La niña no se movió. Enrique siguió hablando.</p>
<p>—Es el segundo nivel, la segunda fase del juego. Hay que llamar a un número súper fácil: dos unos y luego un dos. ¿A que es fácil? Y entonces explicas cómo es el juego y dónde vives&#8230;</p>
<p>—Estás sangrando —dijo la niña señalando el hormigón bajo la silla.</p>
<p>—Qué va. Si no es sangre, sólo es&#8230;</p>
<p>Pero su voz se hizo añicos y Enrique rompió a llorar.</p>
<p>Lucio no dejó que Ángela dijera nada más. Avanzó un par de pasos y se arrodilló frente a ella. Incluso de rodillas, ocultó por completo el cuerpo de la niña.</p>
<p>&#8220;Ya está bien, ya está bien, deja de llorar&#8221;, pensó Enrique, tratando de controlarse.</p>
<p>&#8220;Tenías un plan, ¿verdad? Pues ahora no te ven, adelante con él&#8221;.</p>
<p>—¿Le estás haciendo daño, papi? —preguntó la niña detrás de Lucio.</p>
<p>Enrique volvió a balancear el torso a un lado y otro. A un lado y otro.</p>
<p>—No, cariño, papi no le está haciendo daño. Papi le está haciendo bueno.</p>
<p>—¿Como a Félix?</p>
<p>El gato soltó un maullido ronco al escuchar su nombre.</p>
<p>Las patas de la silla comenzaron a despegarse del suelo en cada balanceo.</p>
<p>&#8220;Un poco más&#8221;. La cuerda de nailon se hundía en sus antebrazos con mayor profundidad en cada balanceo. Enrique cerró los ojos y apretó con fuerza los párpados tratando de ignorar el dolor. &#8220;Queso fresco. No es tu brazo, es sólo queso fresco&#8221;.</p>
<p>—Eso es, igual que a Felix. ¿A que ahora se porta mucho mejor?</p>
<p>La silla se inclinó hacia la izquierda y durante un segundo quedó en equilibro sobre dos patas, como si dudara entre caer o volver a su posición original. Enrique temió que cayera hacia aquel lado. Si lo hacía, todos sus esfuerzos habrían sido en vano. Inclinó el peso a la derecha y la silla comenzó a recuperar la verticalidad.</p>
<p>Frente a él, Lucio y Ángela seguían hablando.</p>
<p>—¿A que ya no araña?</p>
<p>—No.</p>
<p>&#8220;¡Ahora!&#8221;, exclamó Enrique para sus adentros cuando la silla volvió a balancearse, y esta vez trató de apoyar todo su peso en el lado derecho. La silla asentó las cuatro patas en el hormigón y siguió inclinándose hacia la derecha. Las patas del lado izquierdo quedaron en el aire. La silla se detuvo, en perfecto equilibrio y, entonces, comenzó a caer… hacia el lado correcto.</p>
<p>Chocó contra la silla de Arturo, que también se inclinó por efecto del golpe, y ambas cayeron juntas al suelo, como fichas de dominó.</p>
<p>Durante un segundo interminable, la visión de Enrique se nubló, pero pronto el sótano recobró nitidez a sus ojos. Sentía el hormigón frío y áspero contra el rostro. Había caído de medio lado, sobre el cadáver de Arturo, cuyas ataduras se habían roto en la caída. Los labios de su amigo, blandos y helados, le rozaban las yemas de los dedos. Frente a él, todo había girado noventa grados. El banco de trabajo parecía colgar de una pared en la que él tuviera apoyada la mejilla. A través de las patas metálicas pudo ver el calzado de trabajo de Lucio y los zapatitos de charol de la niña. Algo semejante a un plumero gris apareció un momento junto a los tobillos de Ángela y luego desapareció: la cola del gato.</p>
<p>—Será mejor que subas, cielo —dijo Lucio con voz monótona—. Papi tiene… eh… hum… <em>trabajo</em>.</p>
<p>—¿Está muerto?</p>
<p>Enrique cerró los ojos y permaneció inmóvil. Durante varios segundos sintió cómo los ojos de Lucio y la niña se clavaban en él.</p>
<p>—No, cariño, sólo dormido —dijo por fin Lucio.</p>
<p>—¿Cuándo acabes se portará igual de bien que Félix? —preguntó Ángela.</p>
<p>—Claro, y hará todo lo que mamá y tú le digáis.</p>
<p>—¡Qué guay!</p>
<p>Enrique escuchó el sonido de los zapatos de Ángela y las botas de Lucio, alejándose hacia la puerta.</p>
<p><strong>Un gatito bueno</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Una vez la niña se hubiera marchado y Lucio hubiera cerrado la puerta, todo sucedería muy deprisa, y Enrique lo sabía. Trató de moverse y descubrió que por primera vez la suerte estaba de su parte: el respaldo de la silla se había roto en la caída y pudo mover los brazos libremente, aunque aún seguían atados el uno al otro a la altura de las muñecas. Hizo descender las manos hasta que se libró de los largueros de madera y luego volvió a alzarlos a su espalda. Al hacerlo, sus dedos tocaron otra vez los labios de Arturo y aquel tacto íntimo y blando le provocó escalofríos. Siguió alzando los brazos, sintiendo una llamarada de dolor cada vez más intensa a medida que ascendían, centímetro a centímetro. Los dedos recorrieron el contorno de la nariz de su amigo, primero las aletas, luego el puente. Tanteó alrededor del entrecejo hasta que encontró la broca firmemente encajada en la frente de Arturo. Enrique tomó aire mientras Lucio se despedía de su hija y cerraba de nuevo la puerta del sótano. El extremo libre de la broca era muy pequeño. Tendría que ser cuidadoso.</p>
<p>Hizo presa de ella entre los dedos índice y corazón de la mano diestra y comenzó a tirar, pero el metal resbaló entre los dedos empapados de sangre. Enrique entreabrió los ojos un segundo y vio a Lucio de vuelta en el banco de trabajo, asegurándose de que la broca estaba bien afianzada en el taladro. Los cerró de nuevo y volvió a intentar extraer la broca de la cabeza de Arturo. Al tercer intento, sus dedos índice y corazón se cerraron con fuerza alrededor de ella. Comenzó a hacerla bascular a izquierda y derecha y cuando notó que bailaba con cierta holgura en el agujero, flexionó los dedos para atraerla hacia sí. Lentamente, muy lentamente, la broca fue saliendo con un chapoteo grave, como una cucharilla que emergiera lentamente de un tarro de mermelada.</p>
<p>Mermelada de fresa.</p>
<p>&#8220;Vamos, vamos&#8221;, dijo Enrique para sus adentros. Cuando extrajo por completo la broca, la apretó con fuerza hasta sentir cómo la espiral de acero se le clavaba en la palma de la mano.</p>
<p>Tras enchufar de nuevo el taladro, Lucio se inclinó sobre él.</p>
<p>—Mira la que has liado —dijo Lucio, moviendo la cabeza a izquierda y derecha—. Dos sillas nuevas para tirar a la basura.</p>
<p>Enrique no respondió. Por lo visto, Lucio creía que seguía inconsciente. Bien, pues que siguiera creyéndolo. Con los ojos cerrados, trató de no mover un sólo músculo de su cuerpo, aparte de los dedos, que deslizaban la broca arriba y abajo sobre los hilos de nailon. Con cada movimiento, el filo en espiral cortaba un par de hebras. La presión de los hilos clavados en su brazo y sus muñecas comenzaba a aflojar.</p>
<p>De pronto escuchó el zumbido agudo del taladro junto a su oreja y abrió los ojos con el corazón golpeándole furiosamente en el pecho.</p>
<p>Lucio estaba acuclillado frente a él, y le apuntaba la sien derecha con el taladro. Sonreía.</p>
<p>—Ya sabía yo que esto te haría despertar —dijo apretando una vez más el gatillo del taladro junto a su sien, sin dejar de sonreír—. Espero que no te muevas más, que hayas comprendido que no sirve de nada. ¿Vas a ser un… ah… hum… un <em>gatito bueno? </em></p>
<p>Enrique asintió con la cabeza como si le fuera la vida en ello mientras enroscaba los dedos de la mano zurda, al fin liberada, alrededor del respaldo roto de la silla.</p>
<p>—Muy bien. Sí, señor, como debe ser.</p>
<p>Lucio apartó el taladro de la sien de Enrique y lo dirigió lentamente hacia su frente. El motor eléctrico volvió a rugir en el sótano. Entonces Enrique se movió.</p>
<p>Levantó el brazo con tanta rapidez que el respaldo de la silla zumbó al surcar el aire. Al travesaño superior seguían unidos tres de los largueros con las puntas astilladas. Enrique golpeó con ellos la mano de Lucio. El taladro escapó de sus dedos y cayó al suelo, donde dio un par de tumbos antes de detenerse como un pez fuera del agua. Lucio abrió desmesuradamente los ojos. Trató de alzar la otra mano para defenderse, pero fue demasiado lento. Enrique volvió a alzar el respaldo y lo dirigió hacia su rostro con todas sus fuerzas.</p>
<p>El primer travesaño atravesó el ojo izquierdo de Lucio y se hundió profundamente en la cuenca ocular, de la que comenzó a rezumar un humor amarillento y gelatinoso. El segundo travesaño se hundió otro tanto en la boca. El tercero se clavó en la garganta, a la izquierda de la nuez, hasta sobresalir por la nuca. La sangre comenzó a manar a borbotones.</p>
<p>—¿Qué te parece, eh? —gritó Enrique, fuera de sí. La sangre de Lucio le resbalaba por la cara—. ¿Qué te parece, eh, hijo de puta?</p>
<p>El cuerpo de Lucio se sacudía en espasmos incontrolables. El ojo derecho estaba muy abierto, pero su expresión, que había sido de sorpresa, comenzaba ya a desaparecer de él.</p>
<p>Enrique gritó con más fuerza. Se incorporó apoyándose en el brazo libre. Tiró del respaldo hacia sí, y cuando los extremos de los travesaños hubieron salido casi por completo del cuerpo de Lucio, empujó de nuevo hacia dentro con todas sus fuerzas. Sonó un crujido cuando la punta del larguero clavado en el ojo de Lucio atravesó el cráneo y asomó tras la cabeza.</p>
<p>Lucio comenzó a caer hacia atrás arrastrando con él a Enrique, cuyos dedos seguían aferrados al respaldo de la silla. Quedaron tendidos en el suelo, el uno sobre el otro como dos amantes. Enrique soltó la madera y se irguió cuanto pudo para contemplar a su captor. Con los tobillos todavía atados a las patas de lo que quedaba de la silla, comenzó a reír salvajemente.</p>
<p>—¿Quién es el gatito bueno ahora, eh? ¿Quién es, eh, dime, quién es? ¿Quién es el PUTO GATITO?</p>
<p>No escuchó el sonido de la puerta al abrirse, ni la exclamación de asombro a su espalda, ni los pasos sobre el hormigón. Sólo oía su risa, su risa salvaje. Cuando quiso darse cuenta, ya era tarde.</p>
<p>Algo le golpeó con fuerza la cabeza. Se desplomó sobre el cadáver mientras sentía que todo daba vueltas a su alrededor. Lo último que vio antes de perder la consciencia fueron las patillas de Lucio y algo que le pareció cuando menos extraño: unos centímetros sobre la oreja, Lucio tenía una pequeña cicatriz, negra y redonda. Su extrañeza, sin embargo no duró demasiado. El mundo pronto se volvió gris, y luego desapareció.</p>
<p>La niebla había vuelto.</p>
<p align="center"><strong>Segunda parte</strong></p>
<p><strong>En la niebla (2)</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Esta vez estaba solo. No había voces ni risas. Tan solo aquel silencio que lo cubría todo como una gruesa capa de aceite. Enrique estaba en pie, rodeado de niebla blanca y pegajosa. Cuando giraba la cabeza a un lado y otro no podía ver nada.</p>
<p>Miró hacia abajo. Sus piernas desaparecían en la niebla. No notaba nada bajo los pies. Flotaba.</p>
<p>Y sin embargo, cuando quiso caminar, caminó.</p>
<p>Pasaron minutos, pasaron horas.</p>
<p>Pero, por fin, una eternidad después, distinguió una voz en la distancia. La voz repetía su nombre, así que Enrique se dirigió hacia ella. Con cada paso, la voz era más clara.</p>
<p><em>—&#8230; despierta&#8230; despierta, Enrique&#8230;</em> —repetía.</p>
<p>Una figura con los brazos extendidos hacia él surgió de la niebla y una corriente de tranquilidad le inundó. Era María. María con los brazos abiertos, llamándole. Enrique caminó, corrió hacia ella…</p>
<p><em>—&#8230; despierta&#8230; vamos de una vez&#8230; despierta&#8230;</em></p>
<p>… Pero cuando trató de abrazarla, la imagen se deshizo en hilachas de niebla entre sus brazos.</p>
<p><em>—¡Despierta, vamos, grandísimo…</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La mujer de Lucio</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>—… hijo de puta, despierta de una vez!</p>
<p>Enrique parpadeó, y comprendió que había despertado. Volvía a tener las manos atadas a la espalda, pero en esta ocasión estaba sentado sobre el suelo de hormigón. Sus brazos, estirados hacia atrás y atados por las muñecas, rodeaban una tubería metálica que salía del suelo del sótano y subía más allá del techo. Frente a él, una mujer acuclillada le zarandeaba a un lado y otro.</p>
<p>—¡Vamos, despiértate, joder!</p>
<p>—Estoy… despierto —murmuró Enrique.</p>
<p>La mujer se detuvo y le miró fijamente a los ojos. Su cuerpo se interponía entre él y la lámpara que colgaba sobre el banco de trabajo. Su rostro, visto a contraluz, no era más que una sombra negra e inmóvil en la que chispeaban dos pupilas, como hogueras en la lejanía. Cuando la mujer parpadeó, las hogueras titilaron.</p>
<p>Se apartó unos centímetros y le abofeteó. Enrique giró la cabeza por efecto del golpe y entonces vio a Lucio tendido en el suelo a un par de metros de distancia, sobre un gran charco de sangre. Estaba tumbado boca arriba con el respaldo de la silla todavía clavado en la cara. Se preguntó si lo que había visto antes de que le golpearan en la cabeza sería cierto, si la cicatriz en su cabeza sería real o tan solo producto de su imaginación. Más allá estaba el cuerpo de Arturo, doblado en una postura extraña, con las ligaduras sujetando todavía tobillos y brazos a la silla desvencijada de madera.</p>
<p>María siempre decía que si quería tener alguna posibilidad con ella, si de verdad quería ir <em>en serio,</em> debería romper con su vida anterior. Se preguntó qué diría si pudiese ver el cadáver de Arturo desmadejado en el suelo como un títere al que han cortado los hilos. Probablemente sonreiría. Quizá se conmocionara y se llevara una mano a la boca como sofocando un grito pero dentro, muy dentro de ella, algo sonreiría. Enrique estaba seguro. ¿Por qué no? Un rival menos, otro paso hacia el trabajo estable, el piso de protección oficial que ocupar con dos mocosos y un perro que mease en sus zapatillas. Es decir, lo que ella llamaba una familia convencional. Salvo que cuando ella pronunciaba aquellas palabras (por lo general tras una agotadora e interminable discusión) no decía “una familia convencional”, sino UNA FAMILIA CONVENCIONAL y Enrique casi podía ver las palabras en rutilantes letras de neón, flotando alrededor de su cabeza como el halo místico de los santos. De modo que sí, seguramente una parte de ella, o la mayor parte de ella esbozaría una sonrisa de oreja a oreja al ver el cadáver de Arturo.</p>
<p>Algo suave y caliente le rozó la comisura de los labios. Cuando Enrique lo atrapó con la punta de la lengua paladeó el sabor ferroso y salado de la sangre. Aquella hija de puta debía de tener un anillo.</p>
<p>&#8220;Pues claro que tiene un anillo”, se dijo. &#8220;Su anillo de casada&#8221;.</p>
<p>La mujer se incorporó y se lo quedó mirando durante unos segundos desde las alturas. Cuando se apartó a un lado y la luz le dio en el rostro, Enrique pudo ver los ojos verdes, el pelo negro (se lo había alisado y teñido, pero, ¿qué más daba?), el mohín cruel en sus labios finos. Un presentimiento trepó por su espalda y se clavó como una aguja helada en su nuca.</p>
<p>Tragó saliva y a duras penas consiguió preguntar:</p>
<p>—¿Sa&#8230; Samantha?</p>
<p>La mujer se echó a reír. Enrique conocía demasiado bien aquella risa como para no sentir un escalofrío al escucharla.</p>
<p>—Arturo me llamaba Elisa cuando follábamos —Samantha soltó una carcajada despectiva—, pero supongo que siempre seré Samantha para ti. Cuando te vi en aquella foto en su móvil… ¿De verdad te llamas Enrique? ¿Es tu nombre real o es otro alias?</p>
<p>Enrique cerró los ojos, incapaz de creer la situación en la que se encontraba.</p>
<p>—También me dijo que habías sentado la cabeza. Con una pavisosa, una tal María nosequé. ¿Es cierto eso, <em>Enrique</em>?</p>
<p>Samantha llevó la pierna atrás y luego la descargó con todas sus fuerzas en el costado de Enrique, que dio un tumbo y se quedó sin respiración durante unos segundos. El dolor trepaba por su costado como una enredadera.</p>
<p>—¿Tan rápido te has olvidado, <em>Enrique</em>?</p>
<p>Enrique jadeó en el suelo, incapaz de articular palabra.</p>
<p>—Antes hacías más daño con la lengua que con las botas —dijo cuando recuperó el resuello—. Echo de menos aquellos tiempos.</p>
<p>—Eran buenos tiempos, ¿verdad? —respondió ella con una sonrisa cargada de desprecio mientras se apartaba de la cara un mechón de pelo.</p>
<p>—La verdad es que sí.</p>
<p>—Bueno, éstos tampoco están mal. Tienen sus compensaciones —dijo Samantha, pateándole esta vez la entrepierna.</p>
<p>Enrique alzó las piernas con los muslos fuertemente apretados en uno contra el otro y quedó tendido boca arriba como un perro. Le habría gustado gritar, pero el dolor era tal que gritar le resultaba imposible. De pronto habían dejado de existir el sótano, las sogas, los músculos doloridos de los brazos, la dureza del hormigón bajo su espalda… De pronto todo se había comprimido y concentrado en sus pelotas, un palpitante <em>Big Crunch</em> que amenazaba con estallar para generar nuevos universos de dolor. De los ojos fuertemente cerrados manaban gruesos lagrimones que se deslizaban por sus pómulos hasta la mandíbula y, de ahí, al suelo.</p>
<p>Samantha aprovechó la postura de Enrique para propinarle otra patada. La puntera de la bota impactó directamente contra su coxis.</p>
<p>Y Enrique descubrió que aún podía sentir más dolor. Y esta vez gritó, gritó hasta desgañitarse, retorciéndose en el suelo como una serpiente a la que le acaban de cortar la cabeza.</p>
<p>—Tienen sus compensaciones —repitió Samantha con una mueca de desprecio—. Por lo menos para mí, hijo de puta.</p>
<p>Después dio media vuelta, apagó la luz y salió del sótano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: center;"><strong>FIN DEL ADELANTO GRATUITO</strong></p>
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<tbody>
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<p></p>
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		<title>¿Quieres un ejemplar dedicado de tu libro electrónico?</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Mar 2012 21:10:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Obras]]></category>

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		<description><![CDATA[Viene de: &#8220;¿Cómo hacer que un libro electrónico sea único? Como ya os habréis imaginado tras leer mi anterior post, todo este jaleo no es más que para anunciar lo siguiente: Quienes hayan comprado un ejemplar electrónico de cualquiera de mis libros podrán recibir en su correo electrónico (si así lo desean) una copia dedicada [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Viene de: &#8220;¿<a title="Haciendo que el libro electrónico comprado sea único" href="http://marcrsoto.com/haciendo-que-el-libro-electronico-comprado-sea-unico">Cómo hacer que un libro electrónico sea único</a>?</p>
<p><a href="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/03/la-foto.png"><img class="alignright size-medium wp-image-306" title="la foto" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/03/la-foto-225x300.png" alt="" width="225" height="300" /></a>Como ya os habréis imaginado tras leer mi anterior post, todo este jaleo no es más que para anunciar lo siguiente:</p>
<p>Quienes hayan comprado un ejemplar electrónico de cualquiera de mis libros podrán recibir en su correo electrónico (si así lo desean) una copia dedicada de dicho libro electrónico, ya sea para ellos o para algún ser querido.</p>
<p>Dichas copias firmadas con la dedicatoria manuscrita, además, irán numeradas. Es decir, alguien tendrá el primer ejemplar firmado y dedicado de &#8220;<a href="http://www.amazon.es/gp/product/B006IYW9VU/ref=as_li_ss_tl?ie=UTF8&amp;tag=consytruc09-21&amp;linkCode=as2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;creativeASIN=B006IYW9VU" target="_blank">El hombre divergente</a>&#8221; en edición electrónica; alguien tendrá el ejemplar número 10; alguien (ojalá) el número 1000…</p>
<p>Lo mismo cabe decir para &#8220;<a href="http://www.amazon.es/gp/product/B006T9YOEY/ref=as_li_ss_tl?ie=UTF8&amp;tag=consytruc09-21&amp;linkCode=as2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;creativeASIN=B006T9YOEY" target="_blank">Un buen tipo</a>&#8221; y para &#8220;Largas noches de lluvia&#8221; cuando por fin lo saquemos en formato ebook.</p>
<p>Será la recompensa de todos aquellos de vosotros que hayan apostado por pagar por algo que ha costado muchas horas parir y algo que, espero, hará que vuestra compra valga aún más la pena.</p>
<p>Por mi parte, esta cadena de entradas de mi blog es el último paso de un camino que emprendí hace un par de meses cuando decidí meterme de lleno en el mundo de las publicaciones electrónicas (¿recordáis cuánto insistía en que guardarais los <em>emails</em> de confirmación de Amazon y Cyberdark?) e intentar hacer algo novedoso, aportar algo a este mundo recién nacido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Espero que esto os haga tanta ilusión a vosotros como me lo hace a mí, y que perdonéis la pequeña travesura de ir desgranando la información tan poco a poco… En el fondo sigo siendo un crío, m encanta jugar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tan solo queda un último post, en el que explicaré ya de una forma más seria cómo podéis conseguir los ejemplares firmados de mis <em>ebooks</em>.</p>
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		<title>Haciendo que el libro electrónico comprado sea único</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Mar 2012 20:46:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Obras]]></category>

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		<description><![CDATA[Viene de &#8220;La única postura posible ante la piratería de libros electrónicos&#8220;. ¿Cómo podemos conseguir que un libro electrónico sea un ejemplar único e irreemplazable? Con esa pregunta terminaba mi anterior post. Parece un problema difícil, pero en el fondo no lo es tanto: Del mismo modo con que lleva décadas haciéndolo el libro tradicional. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Viene de &#8220;<a title="La única postura posible contra la piratería de libros electrónicos" href="http://marcrsoto.com/la-unica-postura-posible-contra-la-pirateria-de-libros-electronicos">La única postura posible ante la piratería de libros electrónicos</a>&#8220;.</p>
<p>¿Cómo podemos conseguir que un libro electrónico sea un ejemplar único e irreemplazable?</p>
<p>Con esa pregunta terminaba mi anterior post. Parece un problema difícil, pero en el fondo no lo es tanto:</p>
<p><strong><em>Del mismo modo con que lleva décadas haciéndolo el libro tradicional.</em></strong></p>
<p>¿Os suenan esas largas colas en la Feria del Libro? ¿Esas largas colas en la librería de turno esperando a que vuestro autor favorito os firme un ejemplar de su última novela?</p>
<p>¿Por qué no podemos hacer lo mismo con los libros electrónicos?</p>
<p>Bueno, porque no son libros físicos, en realidad. Uno no coge un rotulador permanente y escribe en la pantalla de un iPad.</p>
<p>¿O sí?</p>
<p>Ésta es la imagen con la que anuncié ayer que en breve anunciaría la aparición en formato electrónico de mi último libro, &#8220;Largas noches de lluvia&#8221;. Anunciaba también que habría otras sorpresas… y la sorpresa, por supuesto, también estaba anunciada en la foto:</p>
<p><a href="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/03/408536_10150693166717962_525387961_9372637_2067313677_n.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-302" title="408536_10150693166717962_525387961_9372637_2067313677_n" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/03/408536_10150693166717962_525387961_9372637_2067313677_n-225x300.jpg" alt="" width="225" height="300" /></a></p>
<p>¿Veis por dónde voy?</p>
<p>Si aún no lo veis, no os preocupéis, en mi próximo post os contaré todos los detalles…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dentro de unos minutos, claro.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Sigue en: <a title="¿Quieres un ejemplar dedicado de tu libro electrónico?" href="http://marcrsoto.com/quieres-un-ejemplar-dedicado-de-tu-libro-electronico">Consigue tu ebook firmado y dedicado</a></p>
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		<title>La única postura posible contra la piratería de libros electrónicos</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Mar 2012 20:37:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>

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		<description><![CDATA[Como algunos ya sabréis (porque lo he tratado en algún post anterior de este blog, como &#8220;El papel de las editoriales en un mundo sin papel&#8220;), soy de la opinión de que la guerra contra la piratería es una guerra perdida de antemano, mucho más cuando hablamos de libros electrónicos que, aun cuando el F.B.I. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como algunos ya sabréis (porque lo he tratado en algún post anterior de este blog, como &#8220;<a title="El papel de las editoriales en un mundo sin papel" href="http://marcrsoto.com/el-papel-de-las-editoriales-en-un-mundo-sin-papel">El papel de las editoriales en un mundo sin papel</a>&#8220;), soy de la opinión de que la guerra contra la <a title="Piratería de videojuegos vs Piratería de libros" href="http://marcrsoto.com/pirateria-de-videojuegos-vs-pirateria-de-libros">piratería</a> es una guerra perdida de antemano, mucho más cuando hablamos de libros electrónicos que, aun cuando el F.B.I. cerrara todos los <em>megauploads</em> del mundo, pueden seguir pasando de mano en mano simplemente como documentos adjuntos en un correo electrónico.</p>
<p>La guerra de los autores y los editores es otra: luchar por mantener a aquellos que sí están dispuestos a pagar un precio justo por un libro, cuidarlos, y tratar de que ese número crezca. Es decir, mimar a los &#8220;<em>buenos</em>&#8221; e ignorar a los &#8220;<em>malos</em>&#8221; (nótense las comillas y las itálicas…)</p>
<p>Pero, ¿cómo pueden hacer eso?</p>
<p>En primer lugar, tratando de que no pequen justos por pecadores. Eso, en mi opinión, pasa por dejar de lado el dichoso DRM, por ejemplo.</p>
<p>Y, en segundo lugar, haciendo que el libro electrónico comprado sea sustancialmente diferente del obtenido en páginas webs digamos… alternativas. Que sea único e intransferible, pero no mediante la utilización de sistemas anticopia, DRMs, etc. sino consiguiendo que ese libro electrónico sea especial para el lector, sea único y completamente diferente al que pueda haber comprado o pirateado otro lector.</p>
<p>Todo eso está muy bien, pero, ¿cómo es posible conseguir que un objeto producido en masa, replicado de forma electrónica, sea realmente único?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Vale, de eso tratará mi próximo post… dentro de unos minutos.</p>
<p>Sigue en: <a title="Haciendo que el libro electrónico comprado sea único" href="http://marcrsoto.com/haciendo-que-el-libro-electronico-comprado-sea-unico">Haciendo que un libro electrónico sea único</a></p>
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		<title>Regalos para un cumpleaños hobbit</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Feb 2012 15:38:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros gratis]]></category>
		<category><![CDATA[Libros gratis en epub (iPad, Sony Reader, etc)]]></category>
		<category><![CDATA[Libros gratis para Kindle]]></category>
		<category><![CDATA[libros descargar]]></category>
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		<category><![CDATA[libros gratis sony reader]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Cuántos de vosotros ha leído El Señor de los Anillos? Me refiero a leerlo, ¿eh? No vale haber visto sólo las pelis. Bueno, bueno, veo que somos unos cuantos los que hemos levantado la mano, así que a la mayoría de vosotros no tengo que explicaros lo que es un “Cumpleaños Hobbit”, pero de todas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Cuántos de vosotros ha leído El Señor de los Anillos? Me refiero a leerlo, ¿eh? No vale haber visto sólo las pelis.</p>
<p>Bueno, bueno, veo que somos unos cuantos los que hemos levantado la mano, así que a la mayoría de vosotros no tengo que explicaros lo que es un “Cumpleaños Hobbit”, pero de todas formas, lo explicaré para esos pocos que han mirado hacia un costado y se han puesto a silbar.<span id="more-289"></span></p>
<div id="attachment_290" class="wp-caption aligncenter" style="width: 310px"><a href="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/02/cumpleaños-hobbit.jpg"><img class="size-medium wp-image-290" title="Cumpleaños Hobbit en El Señor de los Anillos, de Peter Jackson" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/02/cumpleaños-hobbit-300x193.jpg" alt="Cumpleaños Hobbit en El Señor de los Anillos, de Peter Jackson" width="300" height="193" /></a><p class="wp-caption-text">Cumpleaños Hobbit en El Señor de los Anillos, de Peter Jackson</p></div>
<h2><strong>Los cumpleaños hobbit de El Señor de los Anillos</strong></h2>
<p>Hasta los que sólo han visto las películas de Peter Jackson saben que los hobbits son un pueblo afable, tranquilo, amante de la diversión y de la buena mesa. Lo que quizá no sepan, sin embargo, es que llevados por ese espíritu dicharachero, celebran los cumpleaños de un modo peculiar.</p>
<p>Veréis, desde tiempos inmemoriales, aquel habitante de La Comarca que cumple años no espera a que sus amigos le hagan regalos, sino que es él (o ella) la que hace regalos a todos sus amigos.</p>
<p>¡Pues menudo coñazo!, pensaréis. Pero no, es realmente genial. Por una parte, te aseguras de que en un solo día te quitas de golpe todos los regalos de cumpleaños del año (en vez de estar angustiándote con el “qué regalar” durante todo un año, mes a mes). Por el otro, y aquí es donde reside la auténtica genialidad, si tienes bastantes amigos te asegurarás recibir un regalo sorpresa cada muy poco tiempo.</p>
<p>¿No es una idea estupenda?</p>
<h2><strong>Mis regalos de cumpleaños hobbit</strong></h2>
<p>Bueno, pues he decidido llevar a la práctica todo ese rollo de los cumpleaños hobbit y predicar con ejemplo. Por eso he decidido que, mañana, día de mi trigésimo sexto cumpleaños (eh, sin coñas, a ojos de un hobbit soy poco más que un adolescente), voy a hacer un regalo a todos mis amigos.</p>
<p>¡O varios regalos!</p>
<div id="attachment_293" class="wp-caption alignright" style="width: 290px"><a href="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/02/el-hombre-divergente-marc-r-soto-gratis-descargar.jpg"><img class="size-full wp-image-293" title="El hombre divergente, de Marc R. Soto, gratis" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/02/el-hombre-divergente-marc-r-soto-gratis-descargar.jpg" alt="El hombre divergente, de Marc R. Soto, gratis" width="280" height="280" /></a><p class="wp-caption-text">El hombre divergente, de Marc R. Soto, gratis</p></div>
<h2><strong>“El hombre divergente” gratis para Kindle, mi primer regalo hobbit</strong></h2>
<p>El primero de los regalos consistirá en mi anterior antología, “<a href="http://www.amazon.es/gp/product/B006IYW9VU/ref=as_li_ss_tl?ie=UTF8&amp;tag=consytruc-21&amp;linkCode=as2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;creativeASIN=B006IYW9VU" target="_blank">El hombre divergente</a>”, en versión electrónica a la venta en Amazon para Kindle.</p>
<p>Durante el día de mañana, 17 de febrero, su precio será exactamente 0,00 €. O sea, cero euros. Cero céntimos.</p>
<p>Si tenéis un Kindle la podéis comprar como cualquier otro libro para Kindle en Amazon, sin misterio alguno.</p>
<p>Si no tenéis un Kindle, podéis comprarla igualmente, aunque con el engorro añadido de tener que daros de alta en Amazon. Después, simplemente, elegís la oción de “transferir por ordenador”. Entonces se os descargará el libro en el formato AZW de Kindle. Puesto que el libro no tiene DRM, podéis renombarlo simplemente con la extensión .MOBI y mediante cualquier conversor como Calibre, convertirlo al formato que más os guste: para el Papyre, para el Sony Reader…</p>
<p>Aquí tenéis un tutorial por si no sabéis <a title="Cómo descargar y convertir libros para Kindle" href="http://marcrsoto.com/como-descargar-y-convertir-libros-para-kindle" target="_blank">cómo convertir formatos de Kindle</a>.</p>
<h2><strong><a href="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/01/un-buen-tipo-marc-r-soto-p.jpg"><img class="alignright  wp-image-188" style="border-image: initial; border-width: 1px; border-color: black; border-style: solid; margin: 20px;" title="Un buen tipo, de Marc R. Soto" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/01/un-buen-tipo-marc-r-soto-p-206x300.jpg" alt="" width="144" height="210" /></a>“Un buen tipo”, otro <a href="http://marcrsoto.com/category/libros-gratis" target="_blank">libro gratis para Kindle, Papyre y Sony Reader</a></strong></h2>
<p>El segundo regalo será la novela breve “Un buen tipo”, y podréis comprarla también completamente gratis en <a href="http://tienda.cyberdark.net/un-buen-tipo-ebook-n59268.html" target="_blank">Cyberdark</a> en cualquier de los formatos disponibles: FB2 para Papyre, MOBI para Kindle o ePUB para iPad o cualquier otro lector compatible con dicho formato.</p>
<h2><strong>Un tercer regalo sorpresa…</strong></h2>
<p>Y por si todo esto fuera poco, si esta tarde-noche cuando llegue a casa del trabajo me da tiempo a darle los últimos toques, aprovecharé que mañana es mi cumpleaños para subir otro relato gratis también para Kindle, Sony Reader, iPad, etc.</p>
<p><a href="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/02/unplatofrio-epub.jpg"><img class="alignright  wp-image-294" style="margin: 20px;" title="unplatofrio-epub" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/02/unplatofrio-epub-225x300.jpg" alt="" width="162" height="216" /></a>Será “Un plato frío”, un relato inédito que escribí hace algún tiempo para la Ellery Queen’s Mystery Magazine pero que, al final, decidí quedármelo al comprobar que el tema era demasiado localista (está fuertemente ambientado en Madrid) como para que les gustara.</p>
<p>Al igual que hice con “Consuelo en la luna” (que podéis bien <a title="Consuelo en la luna, gratis en ePub" href="http://marcrsoto.com/consuelo-en-la-luna-gratis-en-epub" target="_blank">descargar en ePUB</a>, bien <a title="Consuelo en la luna, gratis para Kindle" href="http://marcrsoto.com/consuelo-en-la-luna-gratis-para-kindle" target="_blank">descargar para Kindle</a>), “Un plato frío” será también totalmente gratis.</p>
<p><strong>Dicho esto, ¡espero que todos lo paséis muy bien mañana! </strong></p>
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		</item>
		<item>
		<title>La continuación de &#8216;Largas noches de lluvia&#8217;</title>
		<link>http://marcrsoto.com/la-continuacion-de-largas-noches-de-lluvia</link>
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		<pubDate>Thu, 16 Feb 2012 09:45:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>

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		<description><![CDATA[En la contraportada de mi último libro, “Largas noches de lluvia” se anuncia que en realidad se trata del primer volumen de una trilogía: “un macabro juego de ajedrez, cuyo desenlace marca el origen de una estremecedora trilogía”. Ésas son las palabras exactas. Dudé mucho al escribir esta pequeña declaración de intenciones (sí, muchas veces [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la contraportada de mi último libro, “Largas noches de lluvia” se anuncia que en realidad se trata del primer volumen de una trilogía: “<em>un macabro juego de ajedrez, cuyo desenlace marca el origen de una estremecedora trilogía</em>”. Ésas son las palabras exactas.</p>
<p><span id="more-284"></span></p>
<p>Dudé mucho al escribir esta pequeña declaración de intenciones (sí, muchas veces los autores son los encargados de escribir también los textos de contraportada de sus libros, y no os imagináis lo <em>terriblemente mal</em>  -y lo ridículo- que se siente uno al hablar de sí mismo en tercera persona, y encima en los términos elogiosos que exigen ese tipo de textos).</p>
<p>Dudé, os decía, porque establecía un pacto con el lector, un contrato no verbal: que habría una segunda parte, y luego una tercera y, la verdad, nunca supe si estaría a la altura de las circunstancias. A fin de cuentas, lo único que he publicado hasta ahora es una antología de relatos y un segundo libro que, en el fondo, no deja de ser otra antología de relatos, aunque debido a su brevedad, la novela breve que los acompaña cobra todo protagonismo y eclipsa a las otras dos historias (como debe ser, o así me lo parece).</p>
<p>¡Ah, la brevedad! Durante meses estuve en contra de la publicación de “Largas noches de lluvia” debido precisamente a su brevedad, y en contra de los deseos de mi editor. Sencillamente, me parecía mal sacar al mundo un libro tan breve. Un libro, además, que me parecía inconcluso, porque, aunque la historia que narra “Largas noches de lluvia” está cerrada, lo cierto es que no está terminada.</p>
<p>¿Qué ocurrió? Pues algo que muchas veces he hablado con otros autores: que la voz del narrador condiciona y empapa tanto lo narrado que el lector jamás puede estar seguro de que lo que está leyendo sea la Verdad, sino apenas la verdad, es decir, el pequeño fragmento de esa verdad que el narrador conoce y, por tanto, puede transmitir al lector (y eso suponiendo que el narrador sea sincero consigo mismo y con el narratario, algo con lo que intenté jugar en &#8220;Gatomaquia&#8221;).</p>
<p>Como cualquiera que haya leído el libro puede constatar, el narrador apenas sabe nada del pueblo donde vive, de su historia y sus secretos. Esto queda patente en una de las últimas escenas (<strong>ojo, spoilers</strong>), donde recibe parte de esa historia de la mano de otro personaje principal.</p>
<p>Pero, ¿podemos fiarnos de ese otro personaje principal? ¿Está contando la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Siempre lo dudé, porque había demasiado flecos en su historia, demasiados cabos sueltos. La versión de ese personaje de lo ocurrido en el pueblo veinte años atrás podía ser satisfactoria para el protagonista de “Largas noches de lluvia”, pero desde luego no lo era para mí.</p>
<p>Así que no podía dejar la historia colgada, ni publicarla como estaba. A fin de cuentas, tenía la sensación de que “Largas noches de lluvia” narraba únicamente un epílogo de algo más grande, y que lo verdaderamente importante había ocurrido, eso, veinte o treinta años antes. Y, por Dios, me moría de ganas por averiguarlo. Y la única manera de averiguarlo era visitando el pueblo de nuevo con la imaginación. Y cuando mejor funciona mi imaginación es cuando escribo, así que…</p>
<p>Así que le propuse a mi editor dejar en suspenso la publicación del libro porque quería incluirlo en una novela mayor. Una novela MUCHO mayor. Demasiado mayor, como comprendí un mes más tarde.</p>
<p>Completamente ilusionado, comencé a contar otra historia. En ella, Carolina, la hija del protagonista de “Largas noches de lluvia”, relee de nuevo el manuscrito de su padre, mientras <em>determinados sucesos </em>le acontecen en el presente (2010, ella tiene unos 50 años). Las tramas avanzarían en paralelo: la lectura del manuscrito y lo que ocurre a ella, más otro aspecto del que no puedo hablar todavía. La cuestión es que a lo largo de la novela, toda la historia del pueblo desde 1900, aproximadamente, quedaría expuesta por fin, todos los secretos revelados.</p>
<p>Pero no funcionaba. Para mi disgusto, comprendí que era imposible o que, mejor dicho, me faltaba habilidad para llevar a cabo la empresa. No podía hacer avanzar tres hilos narrativos tan dependientes unos de otros, con sus propios clímax, hacer que coincidieran esos momentos de clímax, que los personajes evolucionaran de un modo armónico a lo largo de tres historias relacionadas durante 100 años, causas las unas de los efectos de las otras. Por Dios, llevaba 40 000 palabras y ni siquiera había acabado el primer acto, la presentación. Era absurdo. No funcionaba.</p>
<p>Desesperado, le dije al editor que desistía, que lo publicara como estaba: meramente una novela breve autoconclusiva.</p>
<p>Pero mientras la corregía una vez más ya de cara a su publicación me di cuenta de lo estúpido que había sido. Me encantaba “Largas noches de lluvia”, ¿por qué había querido trocearla como fragmentos de un manuscrito que leyera Carolina cuarenta años después? ¿Por qué tenía que cargármela de ese modo? Claro que era absurdo hacer avanzar tres hilos narrativos independientes pero conectados que confluían en la Carolina de 2010. Era absurdo porque no eran una única historia, sino tres, y como tres deberían ser contadas:</p>
<p>-La historia del padre de Carolina narrada en “Largas noches de lluvia”.</p>
<p>-La historia del doctor en el pueblo y lo que sucedió allí en 1941.</p>
<p>-La historia, por fin, de Carolina, en 2010, cuando ella misma tiene todas las piezas del rompecabezas (lo mismo que el lector) y puedo abordar su propia bajada a los infiernos sin la rémora que suponía el tener que informar al lector y a la propia Carolina de un modo completamente artificial.</p>
<p>Y por eso reescribí el párrafo final de la contraportada mencionando la trilogía, y por eso en los agradecimientos deslicé un par de ideas sobre el contenido de la segunda parte de “Largas noches de lluvia”: las hermanitas, el pantano (sí, el pueblo de “Largas noches de lluvia” ya no existe), la historia del doctor.</p>
<p>Y con eso estoy ahora.</p>
<p>Y, joder, me encanta…</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>[...]</p>
<p>O quizá no, pensó de pronto. Quizá si volviera ese mismo día se encontraría con un escenario muy distinto. El río que atravesaba el valle y recorría la llanura se había secado hacía casi un mes, lo que indicaba que habían cerrado las compuertas de desagüe del pantano. Una decisión tan drástica sólo podía haberse tomado si el nivel del agua hubiera sufrido un fuerte descenso a lo largo del verano, por lo que, quizá, lo único que vería desde lo alto de la media luna de hormigón sería las antiguas casas con los tejados hundidos y legamosos abriéndose al cielo como muelas podridas en una boca agonizante, el viejo trazado de las calles sepultadas bajo el barro, los muros derruidos. El cadáver putrefacto de un pueblo que se descomponía lentamente bajo el sol de agosto.</p>
<p><em>&#8220;Ellas prefirieron quedarse allí&#8221;.</em></p>
<p>Porque ellas siempre habían pertenecido a aquel lugar, y aquel lugar les pertenecía, pero, ¿y él? ¿Pertenecía él también a aquel lugar? La respuesta, por supuesto, era que no. Él no pertenecía al pueblo más de lo que había pertenecido el padre de Carolina. También él había sido un recién llegado, mucho tiempo atrás. Sus raíces no se hundían en la historia del valle más que superficialmente, y en concecuencia el valle tiraba de él con una fuerza débil y aletargada. Por eso había podido hacer lo que había hecho. Al igual que Anselmo, por no ser del valle, también se había visto libre de su influjo. Al menos por un tiempo.</p>
<p>Y ahora todo había terminado. Para bien. No tenía ningún sentido recordarlo todo otra vez, remover el pasado. Se había negado a hablar con Carolina minutos antes y no se arrepentía de ello. Su vida era ya solo pasado, un compás de espera que se había prolongado demasiado tiempo ya, un suave deslizarse hacia las puertas blancas de la muerte. El futuro pertenecía a los jóvenes, a Carolina con su cola de caballo y su ira por la muerte de su padre, al niño que corría por los campos resecos, y al futuro era mejor enfrentarse con las alforjas vacías y las armas cargadas.</p>
<p>-Es la poesía -citó a Celaya sin saber muy bien por qué-, es la poesía la que está cargada de futuro.</p>
<p>Y tomó de nuevo los prismáticos de la mesa para seguir espiando a aquella bala perdida que corría y saltaba por los campos.</p>
<p>[...]</p></blockquote>
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		<title>Cómo descargar y convertir libros para Kindle</title>
		<link>http://marcrsoto.com/como-descargar-y-convertir-libros-para-kindle</link>
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		<pubDate>Thu, 09 Feb 2012 09:43:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cómo convertir EPUB y otros formatos al Kindle. Plugins de navegador para Kindle. Cómo usar Calibre en combinación del lector de libros electrónicos. &#160; Buscar libros para Kindle es seguramente el hobby de moda. A fin de cuentas, el popular lector de libros electrónicos, a pesar de sus detractores, ha sido el producto más vendido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><em>Cómo convertir EPUB y otros formatos al Kindle. Plugins de navegador para Kindle. Cómo usar Calibre en combinación del lector de libros electrónicos.</em></h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>Buscar <a title="Ebooks para Kindle, iPad, Papyre y Sony Reader T1, PRS 650, etc." href="http://marcrsoto.com/ebooks-para-kindle-ipad-papyre-y-sony-reader-t1-prs-650-etc" target="_blank">libros para Kindle</a> es seguramente el <em>hobby</em> de moda. A fin de cuentas, el popular lector de libros electrónicos, a pesar de sus detractores, ha sido el <a href="http://www.amazon.es/gp/product/B0051QVF7A/ref=as_li_ss_tl?ie=UTF8&amp;tag=consytruc-21&amp;linkCode=as2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;creativeASIN=B0051QVF7A" rel="nofollow" target="_blank">producto más vendido</a> en <a href="http://www.amazon.es/?_encoding=UTF8&amp;tag=consytruc-21&amp;linkCode=ur2&amp;camp=3626&amp;creative=24822" rel="nofollow" target="_blank">Amazon España</a> estas Navidades y, a diferencia de otros modelos, la lista de formatos de <em>ebook</em> con los que es capaz de trabajar es bastante reducida.</p>
<p><span id="more-275"></span></p>
<div id="attachment_278" class="wp-caption alignright" style="width: 267px"><a href="http://www.amazon.es/gp/product/B0051QVF7A/ref=as_li_ss_tl?ie=UTF8&amp;tag=consytruc-21&amp;linkCode=as2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;creativeASIN=B0051QVF7A"><img class="size-medium wp-image-278" title="Formatos para Kindle" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/02/KT-td._V161967705_-257x300.jpg" alt="Leer EPUB en Kindle" width="257" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Leer EPUB en Kindle</p></div>
<h2><strong>¿Qué formatos de libro electrónico lee el Kindle?</strong></h2>
<p>El formato con el que se venden los <a title="Consuelo en la luna, gratis para Kindle" href="http://marcrsoto.com/consuelo-en-la-luna-gratis-para-kindle" target="_blank"><em>ebooks </em>para Kindle</a> en Amazon es el AZW, que no es otra cosa que el formato MOBI al que se le puede añadir o no un DRM que vincule el libro electrónico a nuestro lector. Para que nos hagamos una idea, un libro electrónico comprado en Amazon para nuestro Kindle que carezca de DRM (decisión que debe tomar quien publica el libro) tendrá una extensión AZW, pero siempre se puede renombrar el fichero en cuestión con la extensión MOBI y compartirlo con otros dispositivos.</p>
<p>Además, el Kindle puede leer los formatos PDF, TXT y PRC sin necesidad de conversión, simplemente enchufándolo a nuestro PC mediante el cable USB que acompañaba al lector cuando lo compramos y arrastrando hasta la unidad de disco que aparece en el escritorio o en Mi PC.</p>
<h2><strong>Más formatos para Kindle, pero mediante conversión por e-mail</strong></h2>
<p>Algo que quizá el comprador de un Kindle no sepa es que una vez tenemos el lector en casa, Amazon pone a nuestra disposición una dirección de correo bastante especial del tipo fulanito123@kindle.com.</p>
<p>Para consultar cuál es la dirección concreta, basta con ir a la página de <a href="http://www.amazon.es/?_encoding=UTF8&amp;tag=consytruc-21&amp;linkCode=ur2&amp;camp=3626&amp;creative=24822" rel="nofollow" target="_blank">Amazon España</a> y, una vez allí e identificados con nuestro usuario y contraseña de Amazon, entrar en el apartado <em>“todos los departamentos&gt;Kindle&gt;Gestionar mi Kindle&gt;Mi cuenta Kindle&gt;Configuración de documentos personales”.</em></p>
<p>Una vez ahí, podemos ver las direcciones de correo electrónico asociadas a nuestro Kindle, así como las direcciones de correo electrónico desde las cuales podemos enviar documentos a Kindle.</p>
<p>Éste es, sin duda, un gran invento.</p>
<p>Imagina que tienes un PDF con documentación en el trabajo que quieres consultar en el tren de regreso a casa. Basta con enviar un correo a la dirección acabada en kindle.com para que al cabo de unos minutos, el documento esté disponible en el Kindle (tiene que tener activada la conexión wifi, claro, y estar conectado a internet).</p>
<p>Además, del mismo modo podremos enviar muchos más tipos de documentos, que se convierten al formato de Kindle de forma automática y luego se transfieren al lector: HTML, DOC, DOCX, JPEG, GIF, PNG, BMP.</p>
<h2><strong>Cómo leer EPUB en el Kindle</strong></h2>
<p>El formato EPUB es el más extendido a la hora de vender, compartir, etc. libros electrónicos. Puede tener o no DRM, pero en ninguno de los casos es compatible con el Kindle, sin duda porque Amazon quiere “atar” el dispositivo a su tienda y que sólo en ella se puedan comprar libros para el Kindle.</p>
<p>Por tanto, es imposible leer libros electrónicos en formato EPUB en el Kindle, ya sea copiándolos directamente mediante el cable USB o enviándolos a la dirección de correo electrónico asociada al lector.</p>
<p>Es necesario convertirlos al formato MOBI de Kindle.</p>
<h2><strong>Convertir EPUB al formato de Kindle con Calibre</strong></h2>
<p><a href="http://calibre-ebook.com/" target="_blank">Calibre </a>es, para que nos entendamos, el iTunes de los libros electrónicos, es decir, un programa que gestiona todos nuestros libros electrónicos, nos ayuda a tenerlos organizados y a convertirlos en el formato que más nos convenga para nuestro lector, encargándose además de sincronizar los contenidos de su biblioteca con la de nuestro Kindle, Sony Reader, iPad, etc… de un modo muy parecido al utilizado por iTunes para sincronizar el iPhone.</p>
<p>Por lo tanto, si tenemos un libro electrónico en formato EPUB y lo queremos leer en el Kindle, Calibre (gratuito y disponible para Windows, Linux y Mac OS X), bastará con arrastrar el libro EPUB al calibre y, una vez allí, seleccionar la opción de “Convertir” eligiendo como formato de destino el formato MOBI.</p>
<p>Una vez lo hayamos hecho, tendremos el libro en ambas versiones en Calibre y se podrá sincronizar mediante cable con el Kindle.</p>
<p>Otra forma de hacer lo mismo es pulsar con el botón derecho del ratón sobre el libro en cuestión de la biblioteca del Calibre y seleccionar la opción “Enviar a mi dispositivo”, con lo que automáticamente se convertirá al formato MOBI y se enviará al Kindle.</p>
<p>Lógicamente, todo esto es imposible si el libro en EPUB cuenta con DRM.</p>
<h2><strong>Plugins para enviar páginas de internet al Kindle</strong></h2>
<p>Otra de las ventajas del envío de documentos al Kindle mediante correo electrónico es que, en un momento determinado podemos seleccionar el contenido de una página web, pegarla en nuestro gestor de correo electrónico y al cabo de unos segundos tenerla almacenada en nuestro Kindle.</p>
<p>De hecho, existen varios plugins para Chrome y otros navegadores de internet que hacen exactamente eso.</p>
<p>Uno de ellos es “<a href="https://chrome.google.com/webstore/detail/ipkfnchcgalnafehpglfbommidgmalan">Send to Kindle</a>”. Una vez instalado este plugin de Chrome, aparece una “K” junto a la barra de dirección. Pulsando sobre ella cuando una página se ha cargado completamente, el plugin convierte el formato de la página web (eliminando marcos, flash, publicidad) y la “maqueta” para ser enviada al lector de libros electrónicos. Si el formato nos es grato, basta con seleccionar la opción “enviar a mi Kindle” para que automáticamente se envíe la página al lector de libros electrónicos, donde estará disponible en pocos minutos.</p>
<p>Ésta es, sin duda, una de las opciones que me tienen enamorado de mi Kindle, ya que cuando busco documentación para un relato o novela, puedo enviar directamente lo que encuentre y sea de mi interés al Kindle para tenerlo siempre guardado y al alcance.</p>
<h2><strong>Amazon Kindle, posibilidades y limitaciones</strong></h2>
<p>Como vemos, el lector de <a href="http://www.amazon.es/?_encoding=UTF8&amp;tag=consytruc-21&amp;linkCode=ur2&amp;camp=3626&amp;creative=24822" rel="nofollow" target="_blank">Amazon </a>cuenta con bastantes limitaciones (entre las que destacan la nula compatibilidad con un formato que a día de hoy es el estándar de los libros electrónicos, el EPUB), pero también puede presumir de unas cuantas buenas ideas pensadas para hacernos la vida más fácil.</p>
<p>Confío que con tras leer esta entrada de mi blog todos los que tengáis un <a href="http://www.amazon.es/gp/product/B0051QVF7A/ref=as_li_ss_tl?ie=UTF8&amp;tag=consytruc-21&amp;linkCode=as2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;creativeASIN=B0051QVF7A" rel="nofollow" target="_blank">Kindle </a>podáis sacarle un mayor partido.</p>
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		<title>Consuelo en la luna, gratis para Kindle</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Jan 2012 21:31:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Libros gratis para Kindle]]></category>
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		<description><![CDATA[Además de poder descargarlo en ePub, Consuelo en la luna también está disponible en el formato MOBI de los libros electrónicos para Kindle. Y, por supuesto, gratis. Libro gratis para Kindle: &#8216;Consuelo en la luna&#8217; Consuelo en la luna puede descargarse ya en formato MOBI. Como seguramente todo poseedor de un Kindle ya sepa, el lector [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Además de poder descargarlo en <a title="Consuelo en la luna, gratis en ePub" href="http://marcrsoto.com/consuelo-en-la-luna-gratis-en-epub">ePub</a>, <em>Consuelo en la luna</em> también está disponible en el formato MOBI de los <a href="http://www.amazon.es/mn/search/?_encoding=UTF8&amp;search-alias=digital-text&amp;tag=consytruc09-21&amp;linkCode=ur2&amp;camp=3626&amp;creative=24822&amp;field-author=Marc%20R.%20Soto" target="_blank">libros electrónicos para Kindle</a>. Y, por supuesto, gratis.</p>
<p><span id="more-272"></span></p>
<div id="attachment_260" class="wp-caption alignright" style="width: 145px"><a href="http://marcrsoto.com/ebooks/consueloenlaluna/Consuelo%20en%20la%20luna%20-%20Marc%20R.%20Soto.mobi"><img class=" wp-image-260 " title="Libro gratis para Kindle" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/01/libro-gratis-kindle-consuelo-en-la-luna-marc-r-soto-225x300.jpg" alt="Libro gratis para Kindle" width="135" height="180" /></a><p class="wp-caption-text">Libro gratis para Kindle</p></div>
<h2>Libro gratis para Kindle: &#8216;Consuelo en la luna&#8217;</h2>
<p><em>Consuelo en la luna</em> puede descargarse ya en formato MOBI. Como seguramente todo poseedor de un Kindle ya sepa, el lector de libros electrónicos de Amazon utiliza ese formato para sus <em>ebooks.</em></p>
<p><em>Consuelo en la luna </em>es un relato que escribí hace algunos años y que ha aparecido en varias antologías, como la <a href="http://aburreovejas.com/2007/07/14/paura-volumen-3/" target="_blank">Antología de Terror Contemporáneo Paura volumen 3</a> (Ed. Bibliópolis, 2006).</p>
<p>Como ha pasado ya bastante tiempo desde que lo publiqué, he decidido liberarlo, junto con otros relatos que iré también colgando de forma gratuita en esta misma página web.</p>
<h2>Cómo descargar el libro electrónico para Kindle &#8216;Consuelo en la luna&#8217;</h2>
<p>Para leer este libro electrónico en tu Kindle lo único que tienes que hacer es descargarte el fichero enlazado desde la imagen de portada que acompaña a esta página web. Para ello, pulsa con el botón derecho sobre ella y selecciona la opción &#8220;Guardar archivo enlazado como&#8230;&#8221; o similar (depende del navegador que utilices).</p>
<p>Con ello podrás descargar el libro electrónico en tu disco duro. Después, con el cable de conexión USB del Kindle tan solo tendrás que copiar el archivo .MOBI al lector y cuando lo desconectes aparecerá en tu lista de libros disponibles para leer.</p>
<p>También puedes descargar el libro electrónico pulsando con el botón derecho y eligiendo la opción &#8220;Guardar como&#8230;&#8221; en este enlace:</p>
<p><a href="http://marcrsoto.com/ebooks/consueloenlaluna/Consuelo%20en%20la%20luna%20-%20Marc%20R.%20Soto.mobi" target="_blank">Descargar libro electrónico para Kindle &#8220;Consuelo en la luna&#8221;, de Marc R. Soto</a></p>
<h2>Más libros electrónicos para Kindle</h2>
<ul>
<li><a title="Ebooks para Kindle, iPad, Papyre y Sony Reader T1, PRS 650, etc." href="http://marcrsoto.com/ebooks-para-kindle-ipad-papyre-y-sony-reader-t1-prs-650-etc">Lista completa de libros electrónicos para Kindle de Marc R. Soto</a></li>
</ul>
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		<title>Consuelo en la luna, gratis en ePub</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Jan 2012 21:14:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Libros gratis en epub (iPad, Sony Reader, etc)]]></category>
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		<description><![CDATA[Con &#8216;Consuelo en la luna&#8217; doy comienzo a una nueva sección de mi web que, si veo que la cosa funciona, irá creciendo con el tiempo: relatos gratis para todos los lectores electrónicos (Kindle, iPad, Sony Reader TS1, Papyre&#8230;), a un solo click. Libros gratis en ePub para iPad, Sony Reader, etc Todos los libros [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con &#8216;Consuelo en la luna&#8217; doy comienzo a una nueva sección de mi web que, si veo que la cosa funciona, irá creciendo con el tiempo: relatos gratis para todos los lectores electrónicos (Kindle, iPad, Sony Reader TS1, Papyre&#8230;), a un solo click.</p>
<p><span id="more-265"></span></p>
<div id="attachment_267" class="wp-caption alignright" style="width: 235px"><a href="http://marcrsoto.com/ebooks/consueloenlaluna/Consuelo%20en%20la%20luna%20-%20Marc%20R.%20Soto.epub"><img class="size-medium wp-image-267" title="Libro gratis en ePub para iPad, Sony Reader y otros lectores" src="http://marcrsoto.com/wp-content/uploads/2012/01/libro-gratis-epub-consuelo-en-la-luna-marc-r-soto1-225x300.jpg" alt="Libro gratis en ePub para iPad, Sony Reader y otros lectores" width="225" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Libro gratis en ePub para iPad, Sony Reader y otros lectores</p></div>
<h2>Libros gratis en ePub para iPad, Sony Reader, etc</h2>
<p>Todos los libros electrónicos que iré sacando con el tiempo carecerán de DRM y estarán acogidos a una licencia Creative Commons según la cual quedará completamente permitida la copia y difusión de los mismos siempre y cuando no se modifique su contenido ni se suprima la atribución de autor.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>Cómo descargar gratis &#8216;Consuelo en la luna&#8217;</h2>
<p>Si has llegado a esta página navegando desde un iPad te será sumamente sencillo descargar el <em>ebook</em> directamente a tu tablet.</p>
<p>Para hacerlo, simplemente pulsa sobre la imagen que acompaña esta página y el libro se abrirá en la aplicación iBooks del iPad.</p>
<p>Si en cambio has llegado desde un navegador de ordenador, pulsa con el botón derecho sobre la imagen y elige la opción &#8220;Guardar archivo enlazado como&#8221; o similar. Más tarde puedes copiarlo a tu lector de libros electrónicos.</p>
<h2>Más libros electrónicos para Kindle, Ipad y otros lectores</h2>
<p>Si quieres puedes consultar una lista de libros y relatos disponibles para descargar en tu lector en la página:</p>
<p><a title="Ebooks para Kindle, iPad, Papyre y Sony Reader T1, PRS 650, etc." href="http://marcrsoto.com/ebooks-para-kindle-ipad-papyre-y-sony-reader-t1-prs-650-etc">Libros electrónicos de Marc R. Soto para Kindle, iPad y otros lectores</a></p>
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		<title>El papel de las editoriales en un mundo sin papel</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jan 2012 10:31:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marc R. Soto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
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		<category><![CDATA[ebook]]></category>
		<category><![CDATA[editoriales]]></category>
		<category><![CDATA[piratería]]></category>

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		<description><![CDATA[En mi anterior entrada del blog comparé la piratería en el mundo de los videojuegos con la piratería en el mundo del libro, cómo había evolucionado aquélla y cómo podría evolucionar ésta con el tiempo. Terminaba afirmando que si bien siento confianza plena en que los lectores empedernidos como yo estarán más que dispuestos a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En mi <a title="Piratería de videojuegos vs Piratería de libros" href="http://marcrsoto.com/pirateria-de-videojuegos-vs-pirateria-de-libros">anterior entrada del blog</a> comparé la piratería en el mundo de los videojuegos con la piratería en el mundo del libro, cómo había evolucionado aquélla y cómo podría evolucionar ésta con el tiempo.</p>
<p>Terminaba afirmando que si bien siento confianza plena en que los lectores empedernidos como yo estarán más que dispuestos a seguir pagando por seguir leyendo, en gran medida el que esto fuera así dependía de cómo se comportaran las editoriales. Porque la pelota está en su tejado, así de claro.</p>
<p><span id="more-221"></span></p>
<p><strong>El lector y su vínculo emocional</strong></p>
<p>Cuando compramos pan, compramos pan, y sanseacabó. Pero cuando lo que compramos es entretenimiento, el vínculo emocional es el principal factor a tener en cuenta.</p>
<p>Compramos el segundo libro de un autor porque el primero nos emocionó. Miramos el catálogo de una editorial porque anteriormente leímos libros de esa editorial que nos emocionaron.</p>
<p>De forma análoga, cuando seguimos un grupo musical o un escritor suele ser porque ese grupo o autor “nos cae bien”. De hecho, si el escritor o el cantante comienza a meterse en escándalos, a hacer declaraciones poco afortunadas, a “caer mal”, el vínculo emocional se deshace y en consecuencia comprar un disco o un libro de ese artista se hace más cuesta arriba (Bebe y la presentación de su K.I.E.R.E.M.E., Melendi y su escándalo en el avión…)</p>
<p>Se puede argumentar que es necesario separar al artista de su obra, y eso es cierto (yo no soporto escuchar a Sabina hablando en público, pero me encantan sus discos), pero también es cierto que hoy en día toda persona que se enfrenta a una compra se ve inmerso en una lucha de intereses, fuerzas que tiran en direcciones opuestas: ¿gastarse el dinero o descargarlo directamente de internet sin pagar un céntimo?</p>
<p>Muchos factores intervienen en la decisión final. De ellos, sólo uno es puramente racional: la opción “legal” cuesta X euros; la opción “Sparrow”, cero. X es mayor que cero, luego lo lógico es optar por la opción Sparrow. Por suerte no somos vulcanianos, sino personas y como personas que somos nos regimos más por emociones que por la razón.</p>
<p>Esas emociones son:</p>
<ul>
<li>Me gusta el autor y por alguna razón que no comprendo me produce una mayor satisfacción tener el disco o libro original.</li>
<li>Me da pereza andar buscando por ahí y a saber qué me descargo o lo que tardo en encontrarlo.</li>
<li>Creo que es mi responsabilidad apoyar económicamente aquello que creo que merece la pena, para que sigan produciéndose cosas semejantes que también me gusten.</li>
<li>El autor es un gilipollas y paso de darle ni un solo céntimo de mi dinero.</li>
<li>Las editoriales son todas unas chupópteras y no pienso darles más alas de las que tienen</li>
<li>Y todas las que se os ocurran…</li>
</ul>
<p>Por tanto, todas las acciones de una editorial deberían ir encaminadas en fortalecer los vínculos emocionales positivos y minimizar los negativos. ¿No es una perogrullada?</p>
<h2><strong>Minimizar los aspectos negativos</strong></h2>
<p>Esto, probablemente, es lo más fácil, o debería serlo. Si eres una persona decente (como estoy convencido que, en esencia, es todo el mundo) basta que te comportes como tal.</p>
<p>Por desgracia, ya sea debido al miedo, a la desorientación, o a la novedad, esto no es lo que está ocurriendo.</p>
<p>Resulta que las editoriales (y las discográficas, y las productoras…) están tan sumamente preocupadas por las descargas “ilegales” de sus productos, que dirigen todos sus esfuerzos en luchar contra ellas, sin darse cuenta de que, primero, las descargas ilegales son un enemigo contra el que no se puede luchar (es como intentar atrapar el aire cerrando el puño) y, segundo, al hacerlo están perjudicando constantemente a los que sí compran sus productos originales.</p>
<p>Hablo de los DRMs, por supuesto.</p>
<p>Para aquellos que anden un poco despistados, los DRMs son unos sistemas de seguridad que llevan los ebooks o los discos comprados “legalmente” por internet, y que vinculan el producto comprado a un reproductor concreto (o a varios). El problema es que activarlos es un santo coñazo, requiere instalar programas en tu ordenador personal, sincronizar tu lector de libros electrónicos con dicho programa, activarlo, validarlo, etc.</p>
<p>Lo más gracioso del asunto es que si te lo descargas pirata, no tienes que sufrir esas penurias, ya que te lo descargas sin DRM.</p>
<p>Es decir, al conjunto de fuerzas que actúan sobre un comprador a la hora de tomar la decisión de comprar o piratear un producto (que es el que te preocupa, editor, el que está planteándose si comprar o no; el que ya ha decidido piratearlo es caso perdido y no deberías prestarle ni un segundo de tu tiempo), a ese conjunto de fuerzas, decía, estás añadiendo una más… y en el sentido contrario al objetivo que pretendes conseguir. Bravo.</p>
<p>De modo que nada de DRMs. Además, en el momento actual, afirmar que tus libros no van a llevar DRMs porque no quieres perjudicar al comprador por culpa del pirata hace que le “caigas mejor” al interesado. Es decir, añade una fuerza que tira en la dirección que te interesa.</p>
<h2><strong>Mimar al comprador</strong></h2>
<p>La otra parte del trabajo es la de mimar al que compra “legalmente”. Ésta es la más importante.</p>
<p>Hablando de los libros, la editorial tiene que dar con el modo de conseguir que quien compra un ebook (y sólo quien lo compra) en lugar de descargarlo tenga ventajas adicionales.</p>
<p>A este respecto tengo varias ideas que quiero poner en práctica un día de estos. Para hacerlo, <strong><a title="Libros para Kindle, iPad, Papyre y Sony Reader T1 y PRS 600 - 650" href="http://marcrsoto.com/ebooks-para-kindle-ipad-papyre-y-sony-reader-t1-prs-650-etc" target="_blank">he publicado en digital un par de obras</a></strong> porque de haberlo hecho con una editorial detrás habría estado atado de pies y manos. Las iré anunciando en breve, pero aquí hay una idea que, como lector, desearía ver implementada:</p>
<p>Si ya tengo un libro impreso, ¿por qué voy a pagar otra vez para tenerlo en mi ebook? No quiero saber nada de leyes, estoy hablando de emociones. Cuando ya he pagado una vez por él, el conjunto de fuerzas que tiran de mí a la hora de descargarlo pirata es prácticamente irresistible.</p>
<p>Pero sólo prácticamente.</p>
<p>Si la versión electrónica del libro que tengo en papel cuesta 4 euros (un precio que estaría dispuesto a pagar si no tuviera ya la edición impresa), no lo voy a comprar. Tampoco a 3 euros. A 2 euros ya me haces dudar. A 1 euro… quizá sí.</p>
<p>Y, ¿por qué no hacerlo a la inversa?</p>
<p>Pongamos que me he gastado 4, 5 o incluso 6 euros en un ebook, y me ha gustado tanto que me gustaría tenerlo en papel. ¿Por qué no recompensarme por haberlo comprado “legalmente” descontándome ese dinero del precio del ejemplar en papel?</p>
<p>El problema que tiene esto es la maldita ley del precio único, por supuesto, pero incluso eso se podría subsanar: dos ediciones en papel. Una, la normal, a la venta en librerías. Otra, la “edición especial”, editada a demanda y a un precio más reducido (y te ahorras distribuidor y librero…), accesible sólo para los compradores “legales” del ebook.</p>
<p>Otro problema, claro, es cómo asegurarse de que la persona que dice haber comprado un ebook realmente lo ha hecho. Pero esto es algo que también tiene solución.</p>
<p>¿Se pueden hacer más cosas para recompensar al comprador “legal”?</p>
<p>Sí, muchas, muchas más cosas. Sólo hace falta ponerse a pensar un poco, cambiar el chip, generar ideas nuevas.</p>
<p>Y no olvidarse jamás de que todo pasa por mimar al comprador legal, hacerle la vida más fácil, “caerle bien”. Y de los otros, los que deciden buscarse la vida en internet para acceder a copias “compartidas”, olvidarse completamente.</p>
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