Cuando era adolescente, me encantaban los libros de bolsillo. Absolutamente todo lo que leía, principalmente novelas de Larry Collins y Dominique Lapierre, Stephen King y Asimov (aunque de vez en cuando picoteaba al azar en la biblioteca de mi pueblo y me llevaba cosas rarísimas a casa) llegaba a mis manos en ese formato, por el que siento un gran cariño.
Los libros en formato bolsillo de Plaza&Janes de Stephen King, en concreto, eran mis favoritos, con aquellas portadas negras en las que el nombre del autor aparecía en rojo y hecho pedazos, como un espejo roto tras un cambio brusco de temperatura. Recuerdo cómo se ajaban sus lomos y cómo se despellejaban sus cubiertas, como cuando pasas demasiado tiempo al sol en la playa y, camino de casa, te entretienes (maravillado) arrancándote enormes pedazos de piel muerta de los antebrazos.
Lo bueno de los libros de bolsillo era lo baratos que eran. Por unas seiscientas pesetas (3,60 euros de los de ahora) tenías horas de novela por delante. Además, cabían en cualquier sitio. No se llamaban “de bolsillo” porque sí, realmente cabían en el bolsillo de un abrigo. Esto hacía que fuera posible llevar el libro que estabas leyendo y otro más por si te lo terminabas. Por supuesto, eran infinitamente más ligeros que los libros en cartoné.
Yo no me planteaba por entonces que estuviera leyendo “peor” por estar haciéndolo en unos volúmenes con un papel deleznable, con unos lomos que se estropeaban a la primera cambio, con unas cubiertas que acababan hechas mierdas tras dos lecturas.
Tampoco pensaba que estuviera perdiéndome algo porque la caja de texto fuera mucho más pequeña que en los libros de tapa dura, o porque carecieran de márgenes, o porque la calidad de la impresión fuera mucho peor.
Lo único que me importaba era que por el precio de un libro en tapa dura podía comprarme dos o hasta tres de bolsillo. ¿Qué más me daba a mí la forma del libro, si lo que me importaba era el libro?
Sé que soy un bicho raro. Sé que la mayoría de la gente no opina igual que yo, que la mayoría de la gente no piensa que es una tontería pagar tres veces más por el mismo libro y encima tener que dejarlo en casa porque no hay quien se lo lleve de paseo; que la mayoría de la gente prefiere tener cien libros bonitos en su estanterías que trescientos.
Encuentro por tanto completamente inexplicable la popularidad de que gozan hoy día los lectores de libros electrónicos.









No sé, por hablar, por hablar de la tan real y cacareada crisis de las editoriales. Lo cierto es que la apuesta por el bolsillo es mínima en este instante, cuando, dada la situación podría ser una buena salida.
Se compra poca novedad, pero es que los precios no se correponden a la capacidad adquisitiva de mucha gente…
No sé, igual me columpio.
JM
Bueno, creo que habemos varios “bichos raros” pululando por aquí y por allá, como moscas en un charco de sangre medio coagulada… Es que ¡es cierto! vale el libro, no la bonita portada encuadernada. Y no sabes cómo añoro, precisamente, estas ediciones de bolsillo… Oh, juventud que te has ido…
No apuestan por el libro de bolsillo, JM, Marc, por la misma razón por la que no apuestan decididamente por el libro digital: por miedo a “matar” la tapa dura.