Me gusta que me cuenten cuentos.
Cuando era niño, mi padre me leía cuentos en la cama y mi madrina adaptaba para la ocasión clásicos infantiles. Recuerdo con particular cariño una versión de “Los músicos de Bremen” que yo le pedía una y otra vez, corrigiéndola allí donde ella se desviaba de la historia que un día se inventó y que yo había memorizado. Pero los favoritos eran los de mi abuela paterna: en ellos abundaban fantasmas, locos, psicópatas y caravanas camino del Oeste americano atacadas por hordas de indios furiosos. Ahora pienso que ella adaptaba sus novelas favoritas (tenía toda una colección de libritos de Zane Grey, Agatha Christie y José Mallorquí que yo años después devoraba cuando iba a verla los fines de semana), pero a mí me encantaban porque en ellos no había moralejas, sino acción a raudales, disparos y sangre en abundancia, algo contra lo que los animales parlanchines de Disney o mi madrina no podían competir. No pasa nada, a fin de cuentas mi madrina era una EXCELENTE cocinera, cosa de la que mi abuela no podía presumir, precisamente.
En segundo o tercero de EGB solía dedicar los recreos a escuchar las historias que me contaba un chico un par de años mayor. El chico en cuestión aseguraba ser un agente encubierto, miembro de un grupo de fuerzas especiales juveniles que luchaba contra el terrorismo, y cada lunes me contaba las aventuras que había vivido durante el fin de semana. Había que tener cuidado (me advertía) con no dar patadas a las bolsas de plástico que ruedan por la calle arrastradas por el viento, porque podían ocultar una bomba en su interior. Él ya había desactivado dos docenas. Naturalmente, yo atendía aquellas historias con los ojos abiertos como platos y me creía todas y cada una… al menos mientras me las contaba. Igual que creía en la existencia de aquel fantasma que cada noche los vigilantes del Louvre veían desaparecer con un resplandor blanquecino, tras rasgar alguno de los cuadros más famosos del museo… o lo creía mientras mi abuela me lo contaba.
Escuchar o leer historias es la única forma que conozco de divergir, y personalmente creo que divergir es lo mejor que hay en el mundo.
Viviendo The Elder Scrolls III: Morrowind
De modo que siempre, por una razón o por otra, me he rodeado de gente a la que le encanta contar historias. Una de las últimas personas con que me he tropezado y que tiene un talento innato para la narración oral es Raúl, un antiguo compañero de trabajo. Todos los días, a la hora del desayuno, salíamos a dar un paseo por las calles cercanas a la oficina, y como a los dos nos apasiona el mundo de los videojuegos, él se encargó de introducirme en un género para mí por entonces desconocido: el de los juegos de rol en PC.
Así, el bueno de Raúl me describía mientras paseábamos las bondades de The Elder Scrolls III: Morrowind, pero se las apañaba para hacerlo de tal modo que en lugar de una reseña, pareciera una narración completa. Raúl, con su sentido del humor tan sardónico y madrileño, vivía el contenido del juego como propio, al menos a cierto nivel, de modo que durante aquellos paseos yo me convertía en un Sancho de pacotilla mientras él me narraba sus batallas contra gigantes, orcos y esqueletos espadachines.
No siempre hablábamos de videojuegos, claro. También me contaba historias de su pueblo, anécdotas reales (o así quiero creerlo), divertidas o terribles, según tocara. Una de ellas era la historia de un hombre que había aparecido colgado de una viga en el bar que regentaba. Aunque la causa de su muerte estaba clara, los vecinos sospechaban que no se había suicidado en realidad, ya que en sus bolsillos no apareció la cantidad de considerable de dinero que solía llevar siempre consigo, imagino que enrollado en un cilindro sujeto con una goma elástica. Como el pobre hombre tenía un pasado más que turbio y ciertas costumbres licenciosas, los rumores apuntaban a todo tipo de hipótesis: ajuste de cuentas, robo… Aunque nadie sabía nada en firme, claro.
Tío, tienes que escribir un libro con esto que te voy a contar, qué fuerte…
Bien, ahora os tengo que hacer una confesión: hay pocas cosas más odiosas que el que se te acerque alguien y te diga “oye, te tengo que contar una historia buenísima que da para una novela, tío”. Por lo general a esa declaración (que siempre es bienintencionada) le sigue la narración de una anécdota más o menos interesante, pero siempre con su plantemiento, nudo y desenlace bien delimitados, porque si no no sería una anécdota interesante. ¿Dónde estaría la gracia de escribirla? Quiero decir que la historia ya ha sido contada, y por tanto no tiene sentido dedicarle más tiempo que el necesario para disfrutar de ella. Es como si alguien te dijera: “Ayer leí un libro cojonudo de un hobbit, trece enanos y un dragón, tío, deberías escribirlo tú también”.
Sin embargo, la historia de Raúl era puro planteamiento, sin nudo ni desenlace. Además, era un plantemiento interesante y lleno de misterios que había que desentrañar y, ¿qué mejor forma de hacerlo que colarme de rondón en esa realidad y ver a dónde me llevaba el cabo suelto que me había mostrado mi compañero, como una zanahoria colgando de un palo?
De modo que me decidí a hacerlo. Como el pueblo en el que habían sucedido los hechos reales es un pueblo de secano, intenté que el pueblo de mi narración también lo fuera, pero, qué queréis que os diga, al final la cabra tira al monte y el pueblo que me salió está en un valle, junto a un río, un bosque de robles y un cementerio en lo alto de una colina.
¿Encontré la verdad tras la muerte de Rogelio Villanueva? Bueno, encontré una verdad, luego encontré otra y luego… luego me caí por un agujero enorme a una historia que llevaba ocurriendo durante más 40 años en aquel lugar.
Claro, que eso fue cuando me dediqué a unir los puntos. Lo que me recuerda que os debo la continuación de “Steve Jobs, unir los puntos y las formas de escribir”.
Pero eso será mañana…








