Al hilo del discurso de Steve Jobs en la ceremonia de graduación en la Universidad de Standford y su ‘filosofía’ de unir los puntos, no he podido evitar acordarme de las dos formas de escribir más famosas que existen: con brújula y con mapa. Y me he dado cuenta de que mi forma de escribir se asemeja más a lo que afirmaba Jobs: unir los puntos hacia atrás.
Escribir con brújula vs escribir con mapa
Sinceramente, no recuerdo ahora quién fue el primero en acuñar la frase de “escribir con brújula o escribir con mapa”, aunque se la he oído o leído a multitud de escritores. Básicamente, si no estáis familiarizados con el asunto, “escribir con mapa” consiste en realizar un trabajo previo a la labor en sí de escribir un relato o una novela: esquemas, desarrollo de personajes, notas, investigación, elaborar completamente el argumento… y sólo cuando se conoce todo al detalle, comenzar a escribir.
“Escribir con brújula” sin embargo, es más parecido bailar un rock con dos copas de más. La música empieza a sonar y tú, simplemente, te dejas llevar confiando ciegamente en tu suerte, que tarde o temprano llegarás a algún sitio, que bailas de puta madre, que no estás haciendo el ridículo más espantoso. Como por lo general lo único que tiene este tipo de escritor es una idea muy vaga de adónde quiere llegar, se le llama “escritor con brújula”. Obvio, ¿verdad?
Cuando escribir con brújula deja de ser eficaz
Por lo que a mí respecta, siempre me he considerado del segundo grupo, de los que se dejan llevar y cruzan los dedos. Sin embargo, a medida que las historias que quiero contar (o necesito contar, pero ése es otro asunto) se van haciendo más largas, me doy cuenta de que este método empieza a quedárseme corto.
De modo que ahora reservo la brújula para los trayectos cortos. Sigue siendo igual de eficaz para los relatos breves, pero cuando la cosa se extiende y se complica prefiero utilizar la luz de los faros que centellean en la niebla.
Otra forma de escribir: faros en un mar de niebla
¿Qué es eso de los faros?
Se me ocurrió la metáfora hablando de literatura con Ismael Martínez Biurrun en una cervecería en la plaza detrás del Museo Reina Sofía de Madrid y me llevé una gratísima sorpresa cuando él la recordó hace un par de deías en la presentación de “El escondite de Grisha”, su última novela, en una librería no lejos de allí.
Cuando prescindes de mapas, te mueves a oscuras por un territorio cubierto por un espeso manto de niebla. Tan solo ves unos pocos metros de paisaje a tu alrededor y luego… la niebla, espesa, blanca, en la que quizá habiten los monstruos de la novela homónima de Stephen King (si no habéis visto la adaptación de Frank Darabont, corred a verla, insensatos). Como decía, si el trayecto es corto, la brújula es de utilidad; cuando es largo, por el contrario… bueno, cuando es largo la brújula rara vez sirve para algo.
Pero entonces es cuando aparecen los faros: escenas independientes, brillantes, potentísimas, que sabes que tienes que escribir porque, joder, son demasiado buenas y quieres vivirlas, y la única forma que tienes de vivirlas es escribiéndolas. De modo que apuntas en esa dirección, haces una muesca en la brújula para que no se olvide y te pones a andar.
¿Y sabéis que es lo maravilloso de eso?
Que a medida que avanzas comienzas a ver otras luces a lo lejos, brillando tenuemente entre la niebla. Y cuando llegas, ves otras. Y después otras. Y así vas avanzando etapa tras etapa. Y en cada una de esas etapas has usado la brújula. Entre faro y faro.
Claro, que en algún momento hay que detenerse y unir los puntos.
Unir los puntos y la teoría de los pulpos elásticos
Steve Jobs, en su charla en la ceremonia de graduación de la Universidad de Standford, hablaba de unir los puntos hacia atrás. “No se pueden unir los puntos hacia delante”, decía a una multitud de estudiantes. Pero cuando, pasado un tiempo, echas la vista atrás, descubres que todos esos puntos que parecían caóticos en tu vida cobran sentido.
Esta teoría se puede aplicar también a la forma de “escribir con faros”, subtipo de “escribir con brújula”. Citando de nuevo a Steve Jobs, hay que confiar en que tu intuición te está llevando a algún sitio.
La verdad es que es algo que tiene cierto sentido, aunque yo, que soy bastante más chabacano que Jobs, siempre he pensado en ello como “la teoría de los pulpos elásticos”.
Recuerdo el comienzo de las vacaciones escolares cuando era pequeño. Mi padre llenaba el maletero del coche hasta los topes, luego instalaba la baca en el techo del Renault 14 y seguía colocando maletas. Cuando llegaba la hora de afianzar el equipaje, mi padre anclaba los pulpos en un lado, rodeaba el coche hasta el contrario y desde allí me pedía que le tirara los garfios libres.
Yo era pequeño, mi cabeza apenas llegaba a la altura del techo del Renault, por lo que para mí coger los extremos metálicos de los pulpos elásticos y lanzarlos era un acto de fe. ¿Llegaría el pulpo al otro lado o se quedaría atascado a mitad de camino? ¿Lo recogería mi padre o por el contrario tendría que recoger el cable y volver a probar?
No tenía forma de saberlo, pero los lanzaba igualmente. Algunos servían, otros no. Pero aquellos que no servían, se retiraban. Y los que sí servían permitían que todo quedara atado y bien atado.
Desde que empecé a escribir tuve siempre muy clara la teoría de los pulpos, incluso podía verlos a medida que avanzaba por una narración: pequeños garfios metálicos lanzados desde el punto en el que estuviera escribiendo con la esperanza de ser recogidos más tarde para que así, al terminar, todo tuviera sentido, todo quedara atado.
Así pues, resumiendo, “escribir con mapa”, “escribir con brújula”, “escribir con faros” y la “teoría de los pulpos elásticos”. ¿Dónde queda la labor de “unir los puntos”?
Pues, básicamente, a mitad de camino, después de lanzar los pulpos y antes de recogerlos. Es la labor de buscar esos pequeños garfios metálicos y de tratar de elaborar un mapa con los destellos de los faros que hemos ido viendo y reconociendo en la niebla.
Pero este post ya ha sido demasiado largo. Hablaremos de eso otro día…









Más que un subtipo de escribir con brújula lo veo como una mezcla de ambos. Tienes un mapa muy poco detallado, o a una escala demasiado grande, pero marcado que quieres pasar por allí. Lo que no sabes es cómo llegar desde donde estás, y para eso necesitas la brújula.
Otro posible subtipo es algo parecido al mapa de un videojuego: hasta que no desbloqueas una parte del mapa no sabes qué hay después. Tienes que ir avanzando para ver qué hay más allá. Digamos que escribes por bloques, tienes claro el lugar final al que llegar, y las zonas por las que has andado y te tocará andar en un futuro, pero más allá es todo vago e incierto, por mucho que haya un objetivo final. Un poco como vivir, vaya.
PD: Me encanta lo de Alan Wake.
Juegazo. Y, claro, teniendo en cuenta cuáles son las dos primeras palabras que se dicen en ese juego, tenía que gustarme. ¿Que no te acuerdas? Vuelve a ponerlo, vuelve…
El problema de faros y garfios es que puedes encontrarte a mitad del camino y descubrir que estás completamente perdido, que no hay luces ni puntos que unir por ningún lado… Por seguir acumulando metáforas, podemos decir que ésta es la forma de escribir de los “pioneros”, en su acepción más académica: “toda persona que inicia la exploración de nuevas tierras”. Y conviene recordar que muchos de aquellos pioneros terminaron naufragando o devorados por indígenas…
No me imagino yo a un escritor devorado por las páginas que no ha escrito. Tal vez por la urgencia de un plazo de entrega…
De todas formas, sí, el peligro de quedarse atascado es real. Pero también quien escribe con mapa corre un peligro semejante: el de darse cuenta a mitad de la narración de que sus planes no tienen sentido, que los personajes tiran en una dirección completamente inesperada y que si les obliga a ir por el sendero marcado el resultado final será forzado y antinatural. Y entonces, cuando se halle perdido, sin mapa y sin brújula, ¿qué será del pobrecito explorador que nunca aprendió a encontrar el norte en las estrellas o en el lado musgoso de los troncos?
Yo me he perdido con brújula y con mapa. En los dos casos es una sensación desagradable, pero es lo que tiene viajar.